sábado, 30 de junio de 2018

Han pasado treinta y cuatro años de aquel 15 de junio en el que el «comando Donosti», liderado por Jesús María Zabarte, «el carnicero de Mondragón» se enfrentó a la Guardia Civil con más de 2.500 cartuchos de munición.

«¿Dispersión? Yo huí a 900 km. ETA tiroteó a mi marido»

Dori Arrabali no quiere hacer política, sólo Justicia. Hace 33 años empezó otra vida, hoy se le «revuelve todo» cuando se habla del acercamiento de etarras

  • A la izq. el etarra Jesús María Zabarte, «el carnicero de Mondragón». A la dch. Dori Arrabali, mujer del agente quien recuerda el «calvario» vivido / Alberto R. Roldán y Jesús G. Feria
    A la izq. el etarra Jesús María Zabarte, «el carnicero de Mondragón». A la dch. Dori Arrabali, mujer del agente quien recuerda el «calvario» vivido / Alberto R. Roldán y Jesús G. Feria

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Han pasado treinta y cuatro años de aquel 15 de junio en el que el «comando Donosti», liderado por Jesús María Zabarte, «el carnicero de Mondragón» se enfrentó a la Guardia Civil con más de 2.500 cartuchos de munición.
El Instituo Armado de Intxaurrondo trabajaba en la búsqueda de quienes acababa de asesinar al guardia Ángel Zapatero con una bomba lapa adosada a su vehículo. De noche, en una casa de Hernani, organizaron la operación que acabaría con la detención de Zabarte. Fue el guardia Antonio Aguado quien abrió la habitación donde los etarras celebraban con champán el asesinato del guardia. Los etarras respondieron con ráfagas de fusil de asalto soviético, el AK-47 que traspasaron hasta el chaleco antibalas alcanzado el estómago, el ojo y las extremidades.
El «carnicero de Mondragón», quien hoy pasea por las calles del País Vasco sin arrepentirse y con el «orgullo» de sentirse un «gudari» que, según sus palabras «no asesinaba, sino ejecutaba», abandonó al resto de etarras del comando en las tres horas que duró el fuego cruzado y se escondió en un zulo que había en la casa, tras un espejo chino. En la habitación de al lado, desangrándose, estaba el guardia civil Aguado quien «colocó un sofá en la puerta de entrada» para resguardarse. Los agentes le dieron por muerto, menos uno. En la habitación contigua se escondía el «carnicero de Mondragón», recuerda Dori Arrabali, su mujer y con la que entonces tenía dos hijas pequeñas.
Dicen que la guardia civil muere, pero no se rinde, y el agente Aguado no se rindió. Esperando morir desangrado pintó en las paredes «Love Dori» y «Viva la Guardia Civil». Con una cortina logró hacerse un torniquete y con un cojín taponó su estómago. La otra parte de la cortina y el hierro le valió para crear una liana y descolgarse del tercero 3º piso a la cornisa de un cine y de ahí cayó al suelo. «Vivió porque no perdió en ningún momento el conocimiento», cuenta Arrabali. El mísmo pidió sangre por la radio porque había perdido casi toda. Los propios compañeros, en la confusión de la noche y la lluvia, le disparaban cuando se asomaba a la ventana, «no le reconocían».
Pasó un mes y medio en el hospital, perdió la visión del ojo derecho donde tiene esquirlas de metralla, también en un muslo, tuvieron que sacarle una bala incrustada en el estómago y estuvieron a punto de amputarle el codo. El domicilio en el que fue detenido el «carnicero de Mondragón» y murieron los otros dos etarras pertenecía a la familia Miner, que en el momento de los hechos tenían un hijo de ocho años que resultó ileso del enfrentamiento entre guardias civiles y terroristas gracias a la pericia y profesionalidad de los agentes. Ese niño, Imanol Miner, ingresaría posteriormente en ETA y acabaría cumpliendo condena por terrorismo.
Dori Arrabali, mujer del agente Aguado recuerda su vida en el cuartel de Intxaurrondo como una vida en la que cada semana enterraban a un compañero. Arrabali era peluquera y peinaba a las mujeres de los guardias. «Me daba pánico ir acompañada de mi marido, solo hacíamos vida fuera con las demás mujeres del cuartel». «Nos tenían identificados».
La noche que detuvieron al «comando Donosti» su marido le dijo que no se fuera tan pronto a dormir. «¿Por qué no te quedas un poquito hasta que me vaya? no sea que no vuelva», le dijo. «Sabíamos que esa noche tenían una operación gorda, pero para nosotros era una más».
A la mañana siguiente la despertaron a las 7:30 porque su marido «había tenido un accidente, tenía un brazo roto», le dijeron. Las horas después fueron frenéticas porque «al llegar no me dejaron verlo, estaba muy grave». «Estuvieron apunto de amputarle el codo, pero yo no lo autoricé», recuerda Arrabali, que cogió a un general de la corbata cuando vio que a los ministros sí les iban a permitir ver a su marido y a ella no.
«Aquello nos cambió a todos». «Nos tuvimos que ir a vivir a casa de mis padres a Málaga, tenía dos niñas pequeñas. Jubilaron a mi marido a los 33 años con todo lo que eso conlleva». «La vida de mi marido fue un calvario».
El «carnicero de Mondragón» condenado a 615 años al imputarle 20 atentados y 17 asesinatos salió de prisión en 2013, dos años antes de lo previsto, tras anular Estrasburgo la «doctrina Parot». Arrabali sabe que paseando por San Sebastián se lo puede encontrar, aunque casi no ha vuelto por allí. «Si me lo encuentro no sé lo que haría», afirma. El anuncio de acercamiento de presos les ha indignado y removido todo. «Los etarras tienen muchos privilegios por matar y las víctimas, ninguno. A nosotros nos rompieron la vida». Advierte de que los etarras que pretenden acercar a las cárceles vascas, los más sanguinarios, «siguen con la misma idea y los mismos objetivos, aunque hayan dejado de matar. Que nadie se engañe, solo hay que mirar al “carnicero de Mondragón”» quien «está disfrutando de la libertad y de beneficios sin arrepentirse». «A nuestros muertos no nos los van a devolver nunca». «Se me remueve todo cuando le veo su risa». Dice que el fin de la dispersión es «una aberración y una ofensa a todas las víctimas», cree que «no hay Justicia», que las víctimas durante años «hemos sido demasiado sumisas», y le pide a Pedro Sánchez «que se lo piense antes de llegar a acuerdos con el PNV».
Subraya que las víctimas nunca se han tomado la justicia por su mano, que no han sido vengativas, pero ya están cansadas y ya no pueden más.
Dice que a veces “pienso que las victimas hemos sido demasiado sumisas” y subraya que los políticos no están por la labor, que solo les interesa el poder y el dinero. “Los etarras tienen muchos privilegios por matar y las víctimas, ninguno, nos rompieron la vida”.
Asegura que los etarras que saldrán de la cárcel o son acercadas siguen con la misma idea y los mimos objetivos, aunque hayan dejado de matar. “Que nadie se engañe, solo hay que mirar al carnicero de Mondragón”.

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