jueves, 16 de febrero de 2017

La invasión partidista de la cajas de ahorro ha sido ruinosa e ilegal


Joaquin Leguina  20 julio 2012 Tribuna El País.
Uno de los mayores disparates cometidos contra el prestigio de la democracia en España ha venido de la mano de los partidos políticos, que han invadido la actividad de órganos legalmente autónomos (Tribunal Constitucional, Consejo General del Poder Judicial…), entre los que se incluye la ruinosa invasión partidista de la cajas de ahorro.
Lo más bochornoso del caso ha consistido en aprobar leyes que hacían impecablemente autónomos a esos órganos para, de inmediato, incumplir esas leyes y entrar a saco en las instituciones sin que nadie —ni dentro ni fuera de los partidos— lo denunciara por ilegal. Mas ahora, cuando el desastre de, por ejemplo, Caja Madrid, ha entrado en la vía judicial, parece llegado el momento de cobrar la cuenta de tan larga fiesta a quienes han sido responsables de decisiones no solo indecentes desde el punto de vista de la economía de la empresa, también desde el punto de vista moral y legal.
Y conviene no equivocarse ni en las personas ni en el tiempo, porque la ruina de Caja Madrid no comenzó ni con la crisis ni con la salida de Bankia a bolsa. Se inició con el pacto firmado el 6 de septiembre de 1996 entre el Partido Popular y Comisiones Obreras que llevó a Miguel Blesa a la presidencia de la Caja. Comenzaba así:
No existe en el mundo una sola organización que admita que se le dicte lo que debe hacer desde fuera de sus propios órganos
“Reunidos D. Ricardo Romero de Tejada, secretario general del Partido Popular de Madrid, y D. Francisco Javier López, secretario de Política Institucional de la Unión Sindical de Madrid-Región de Comisiones Obreras, actuando ambos en nombre y representación, tanto de sus respectivas organizaciones regionales, como del conjunto de consejeros que por parte del Partido Popular y de CC OO forman parte de los órganos de gobierno de la Caja de Madrid, Acuerdan…”
El Sr. Romero de Tejada y el Sr. López actuaron simultánea y respectivamente como representantes del PP y de CC OO, haciéndolo en asuntos que afectaban directamente a la administración, gestión financiera y representación de la Institución, declarando actuar —así está escrito— en representación del PP y de los miembros del Consejo nombrados a propuesta del partido político y del sindicato. Una delegación que era y es ilegal. Fue así como desbancaron a toda prisa de la presidencia de la Caja a quien había sido elegido para ese cargo por unanimidad tan solo unos meses antes de ese pacto. ¿Por qué fue ilegal ese acuerdo?
Porque la ley de Cajas de la Comunidad de Madrid entonces vigente (también la actual) recogía en el artículo 22.2 lo siguiente:
“Los miembros de los Órganos de Gobierno actuarán con plena independencia respecto de las entidades y colectivos que los hubieran elegido o designado, los cuales no podrán impartirles instrucciones sobre el modo de ejercer sus funciones. Solo responderán de sus actos ante el órgano al que pertenezcan y, en todo caso, ante la Asamblea General”.
Los actuales estatutos de la Caja reproducen en su artículo 7.2 este principio legal y lo mismo hacían los anteriores estatutos en su artículo 10.
Un consejero no podía —ni puede— comprometerse u obligarse con nadie, tampoco con su partido político ni con su sindicato, respecto de su actuación en el Consejo de Administración, pues atentaba (y atenta) contra la independencia y autonomía de la Caja y subvierte los principios de su buen gobierno. Estamos ante una perversión descomunal que el mínimo respeto a las instituciones y a las leyes hubiera debido impedir. No existe en el mundo una sola organización que admita que se le dicte lo que debe hacer desde fuera de sus propios órganos y eso es, precisamente, lo que ha pasado en las Cajas, en general, y con la de Madrid, en particular.
El Consejo de Administración de la Caja, como órgano colegiado, no conoció aquel pacto y por ello no pudo debatir ni acordar acerca de su contenido, pero, eso sí, se ha visto sometido a esa ilegalidad permanentemente. Una acción capitaneada por el señor Blesa y secundada por su leal escudero José A. Moral Santín, de Izquierda Unida.
No menos chocante, dentro de esta conspiración, ha sido el hecho de que los órganos de control de la propia Caja, los de la Comunidad de Madrid y los del Banco de España no hayan intervenido nunca para impedir esa tropelía continuada. Estas prácticas ilegales de los dos grandes sindicatos (UGT también entró en ese juego) y del tándem IU-PP deberían haber sido cortadas de raíz.
Por lo tanto, si se quiere aclarar este gravísimo asunto de Caja Madrid y castigar, si fueran constitutivas de delito, algunas conductas, el juez Andreu y el Parlamento tendrían que empezar por el principio y por las dos personas que han llevado a la Caja de Ahorros y Monte de Piedad hasta la ruina: Miguel Blesa y José A. Moral Santín.
Y si alguien me recuerda que fui presidente de la Comunidad de Madrid, ha de saber que los consejeros cooptados por el PSOE o los sucesivos presidentes de la Caja de aquella época jamás recibieron de mí orden alguna. Eran los tiempos en que la Caja estaba gobernada con solvencia profesional y ganaba mucho dinero.
Joaquín Leguina es economista y fue presidente de la Comunidad de Madrid.

martes, 2 de junio de 2015

Esquema de la guerra civil: 1936 - 1939

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1936 – 1939)

1.- La sublevación militar.
·           El golpe militar del 18 de julio de 1936: Preparación tras la victoria electoral de la izquierda del Frente Popular de 1936.
·           Triunfo del golpe militar: Marruecos, Islas, Andalucía Occidental (Sevilla, Cádiz), Cáceres, Castilla y León, Galicia, Aragón. España agrícola y atrasada.
·           Fracaso del golpe militar: Madrid, Castilla-La Mancha, Badajoz, Andalucía Oriental, Murcia, Valencia, Cataluña. España industrial y moderna.
2- El desarrollo de la guerra.
·           Primera Fase (1936): Inicio de la guerra y avance hacia Madrid: Puente aéreo, toma de Badajoz (la represión), toma de Toledo, llegada a Madrid. Fracaso en la toma de Madrid. ¡No pasarán!
·           Segunda Fase (1937): La campaña del Norte. Las tropas franquistas toman Bilbao, Asturias y Santander. Fin del frente Norte. Toma de Málaga en febrero de 1937. La represión de Málaga en la carretera de Almería.
·           Tercera Fase (1938): División de la zona republicana en dos zonas. Las tropas franquistas llegan al Mediterráneo (Vinaroz – Castellón). Cataluña queda aislada de la zona republicana. Batalla de Teruel. Batalla del Ebro. Fracaso y derrota republicana. La conferencia de Munich (1938). Retirada de las Brigadas internacionales.
·           Cuarta Fase (1939): Fin de la guerra. Triunfo de los franquistas, derrota de los republicanos. Toma de Cataluña (enero de 1939). Éxodo de los republicanos a Francia (Muerte de Antonio Machado). División de los republicanos entre los partidarios de Casado (negociación y finalizar la guerra) y los partidarios de los comunistas y Negrín (resistir, aguantar la guerra hasta el inicio de la II guerra mundial). Fin de la guerra (1 de abril de 1939).
3.- Evolución de las dos zonas durante la guerra.
·           La zona republicana: Disolución del ejército. Las milicias. La creación del gobierno popular. Los débiles gobiernos republicanos (Casares Quiroga, Giral), El gobierno de Largo Caballero, El gobierno de Negrín. Las colectivizaciones. El enfrentamiento entre comunistas y anarquistas (POUM).
·           La zona franquista: Dictadura franquista. Unificación política (F.E.T. de las Jons: Falange Española tradicionalista de las Jons).
4.- La dimensión internacional del conflicto.
·           El apoyo de las potencias fascistas al bando franquista. Apoyo de la Alemania nazi (Hitler) y la Italia fascista (Mussolini) a Franco. El apoyo de Portugal (Oliveira Salazar).
·           La farsa y la vergüenza el Comité de No Intervención. El papel de Gran Bretaña y Francia en la farsa del comité de No intervención.
·           El apoyo de la Unión Soviética a la República. El apoyo de Méjico (general Lázaro Cárdenas).
·           Las Brigadas internacionales.
5.- Las consecuencias de la guerra civil
·           Demográficas: Medio millón de Muertos. Los exiliados. La pérdida de los intelectuales, los científicos y la gente preparada.
·           Económicas: Destrucción del país. No se recuperan los niveles económicos de 1935 hasta 1953. Casi 20 años después.
·           Sociales: Dominio de los oligarcas (terratenientes, capitalistas). Pérdida de todos los derechos y libertades de los trabajadores y clases populares. La hegemonía social de la Iglesia. El control de la Iglesia en la Educación, moral y costumbres. El Nacional catolicismo.
·           Morales: Represión y sometimiento de los vencidos. Holocausto español.


sábado, 17 de enero de 2015

LAS CLAVES DE LA 'OPERACIÓN DE GAULLE'.

'El 23-F, el rey y su secreto'. Por Jesús Palacios

El período de la Transición política española ha sido analizado desde diferentes ángulos y perspectivas a lo largo de estos años, en forma de memorias, crónicas, ensayos y relatos históricos. Diversos políticos que tuvieron su propio protagonismo en la citada etapa, así como periodistas, analistas e historiadores, han dejado escritos sus testimonios.

Dicho período ha interesado por la forma en que se condujo el tránsito del régimen autoritario hacia la democracia y, especialmente, por el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, que sin duda alguna marcó el punto de inflexión en la misma.

De la Transición en su conjunto, se ha hecho hincapié en Adolfo Suárez y, singularmente, en el protagonismo del rey Juan Carlos, verdadero artífice de la misma. Cuando estamos a punto de cumplir los 35 años de la coronación de don Juan Carlos de Borbón y Borbón, y los 30 años de aquella jornada del 23-F, me ha parecido un momento adecuado para hacer un estudio de aquel período, de sus circunstancias políticas y de sus máximos protagonistas.
Éstas son las razones principales que motivan este ensayo.
Lo he centrado fundamentalmente en aquellas horas intensas del 23 de febrero de 1981 vividas por el monarca desde Zarzuela, porque don Juan Carlos no ha sido sólo el máximo protagonista de la Transición, (...) también lo fue en aquella jornada del 23-F, en la que tuvo su momento decisivo.

La figura de Suárez –y sus decisiones políticas– la analizo desde (...) su plena sintonía con el rey hasta el tiempo del profundo distanciamiento de la corona con el presidente, que condujo inexorablemente a la jornada del 23-F. Igualmente, dedico algo más que un capítulo al papel desarrollado por las fuerzas armadas en su conjunto, que desde el inicio de la Transición cerraron filas en torno al rey, y le fueron absolutamente leales en todo momento y circunstancia. Incluido el 23-F. También enjuicio el papel que jugaron las diferentes fuerzas políticas durante la crisis del suarismo y de la UCD, especialmente la actitud de los dirigentes del Partido Socialista, a quienes, en su afán de llegar al poder cuanto antes, no pareció importarles demasiado aceptar fórmulas delicadas y peligrosas o de difícil constitucionalidad.
A lo largo de esta obra sostengo que lo que derivó en el 23-F no fue un intento de golpe de involución, sino una operación especial de corrección del sistema, que fue ampliamente consensuada con la nomenclatura (...) política e institucional. Y con el beneplácito de la administración norteamericana y del Vaticano.
Todo ello fue debido a que, una vez producido el divorcio Suárez-don Juan Carlos, se fueron alzando numerosas voces desde dentro del propio sistema reclamando la apertura de un nuevo consenso, un nuevo pacto político, para reconducir el proceso de la Transición hacia una nuevas vías democráticas de desarrollo político. La frase "España necesita un golpe de timón", que popularizó el veterano político catalán Josep Tarradellas, llegó a sintetizar dichas aspiraciones. El objetivo principal era corregir el proceso autonómico, reformar el Título Octavo de la Constitución y cambiar la Ley Electoral, que primaba de forma escandalosa y antidemocrática a las formaciones políticas de los nacionalismos vasco y catalán, principalmente, a las que otorgaba un desmesurado protagonismo.
Sobre Suárez recayó la crítica de su entrega al nacionalismo (don Juan Carlos llegó a calificar de "suicida" su política autonómica) mediante la concesión de las preautonomías y del término nacionalidades; se le acusó de impulsar el Título Octavo de la Constitución y de favorecer los estatutos de Cataluña y del País Vasco sin que hubiera previamente una integración sólida en el conjunto de España por una idea global de nación, de un proyecto común compartido. Y los partidos nacionalistas encontraron que, a través de la disparatada representación que les concedía la Ley Electoral, y (...) explotando su pueril victimismo histórico, podían ejercer permanentemente un chantaje al gobierno del Estado a cambio de apoyos puntuales para obtener más privilegios y, siempre, mayores cuotas de autogobierno (...).

La operación especial 23-F, que entre otras razones se llevó a cabo para corregir dichas desviaciones y excesos peligrosos, fracasó al no conseguir que saliera adelante la formación de un gobierno excepcional, integrado por representantes de todas las formaciones del arco parlamentario –excepto las nacionalistas–, que estaría presidido por el general Alfonso Armada Comyn y cuyo vicepresidente hubiera sido Felipe González, secretario general del Partido Socialista. Armada había sido preceptor de don Juan Carlos y secretario de la Casa del Rey, y en todo momento un hombre leal a Su Majestad y a la corona.
Pero, pese a su fracaso real, el 23-F mantuvo sus efectos en toda la clase política y la nomenclatura del sistema a lo largo de varios años, en lo que yo llamo "el golpe de estado sicológico", paralizando en parte las desmesuradas exigencias nacionalistas, pero tan sólo en parte, porque, ante la debilidad mostrada por los diferentes gobiernos del Estado, los partidos nacionalistas catalanes y vascos siguieron clamando por su normalización en contra del resto de España. (...) continuaron presionando para ir alcanzando mayores cuotas financieras, (...) la prevalencia de su lengua en contra de la lengua española, común para todos; practicaron la confrontación de los símbolos en la guerra de las banderas, exaltando la senyera y la ikurriña frente a la (...) rojigualda (...); desarrollaron una educación sectaria, fomentando el odio hacia lo español y, en definitiva, practicando la invención o acomodación de una historia tan dogmática como falsa, a fin de justificar sus continuas afrentas al resto de España.
Y si bien es cierto que Suárez fue quien abrió la lata autonómica de las nacionalidades, también lo es que los sucesivos presidentes la mantuvieron abierta (...), incluso trasfiriendo más competencias a los nacionalismos, fuese con mayorías gubernamentales absolutas o relativas. Pero, en todo caso, ha sido con el presidente José Luis Rodríguez Zapatero con quien se ha desatado una carrera febril autonomista-nacionalista sin freno, decantada abiertamente hacia el secesionismo. De ahí que entre las figuras de Suárez y de Zapatero se pueda establecer un paralelismo histórico (...).

Suárez se lanzó de forma harto improvisada a la construcción del Estado de las autonomías, que no tenía precedente alguno en el derecho constitucional comparado. Y Rodríguez Zapatero se ha embarcado en la concesión de nuevos estatutos de mayor autogobierno por intereses exclusivamente partidistas y de poder y, en todo caso, espurios. Zapatero, en su afán de aislar a la oposición e impedir su alternancia en el poder (recuérdese la figura del "cordón sanitario"), ha ido mucho más lejos, llegando a identificarse con el discurso del nacionalismo identitario y secesionista, cuestionándose el concepto de nación, "discutido y discutible", hasta inventarse la "nación política, sociológica y histórica". Todo ello es debido a que tanto la cuestión de las autonomías como la de los nacionalismos siguen abiertas y sin resolver.
La exacerbación nacionalista viene provocando que, desde el asesinato del almirante Carrero Blanco, España sea un país presionado por el terrorismo de ETA, chantajeado por el nacionalismo vasco y catalán más reaccionario y secesionista, y secuestrado por una clase política oligárquica, que resulta ser absolutamente incompetente (...) en el servicio a la sociedad pero que se muestra resuelta y ávida para luchar por sus sectarios intereses de poder. De ahí que para nada resulte extraño que la sociedad en su conjunto vea a la clase política –tanto de la izquierda como de la derecha– no sólo distante y alejada, sino como el segundo de sus problemas principales. Exclusivamente, como una secta de poder.


Hace casi diez años publiqué un primer estudio sobre la Transición y el 23-F. Dicho trabajo apareció con el título 23-F: el golpe del Cesid y, a juicio de numerosos historiadores, analistas y periodistas, supuso una notable contribución para el esclarecimiento de aquellos hechos. Pero a mí (...) me supuso que el general Javier Calderón, director general del servicio de inteligencia por entonces, (...) presentara una querella criminal, al estar disconforme con el papel que, a mi juicio, tuvo en los hechos del 23-F. Afortunadamente para mí, dicha querella se resolvió en la doble vía judicial; tanto ante el juzgado de primera instancia como ante la audiencia provincial, con todos los pronunciamientos favorables hacia mí.

lunes, 5 de mayo de 2014

Suárez: «La clase política le estamos dando un espectáculo terrible al pueblo español»/1


JOSEFINA MARTÍNEZ DEL ÁLAMO / MADRID
Día 24/03/2014 - 04.09h
En 1980, el expresidente concedió una entrevista tan sincera que sus consejeros decidieron vetarla. Treinta y tres años después, la conversación mantiene plena actualidad

En 1980 Adolfo Suárez era el presidente del Gobierno. Llevaba cuatro años gobernando, y las múltiples críticas le tenían acorralado. La inflación se disparaba, el paro aumentaba, las autonomías de doble velocidad despertaban los agravios comparativos. Todos sus actos y declaraciones pasaban por la criba de los prejuicios políticos. La derecha no le perdonaba la ruptura con el régimen anterior. La izquierda lo acusaba de no imponer la ruptura con el régimen anterior. Dentro de su partido le crecían los traidores. La prensa, la gran mayoría de la prensa, estrenó ¡por fin! su libertad de expresión haciendo verdadera leña de un presidente a punto de caer.
Pero Adolfo Suárez, a muchas trancas y barrancas, intentaba la convivencia de todos, el respeto entre las corrientes opuestas, la aceptación «sin ira» de unas normas nuevas y de un nuevo futuro. Estaba practicando el diálogo sin patentes ni micrófonos.
Hoy todo son parabienes y medallas para esa figura tristemente quebrada. Como advertía Mihura sólo nuestras desgracias nos hacen perdonar nuestros éxitos. Pero bastaría con consultar las hemerotecas para dejarnos helados los aplausos.

Por aquellas fechas -julio del 80- Suárez estaba a punto de perder su confianza en Abril Martorell; algunos militares manifestaban ya ostensiblemente su descontento. El político más popular era quizás Francisco Fernández Ordóñez; y el presidente huía de la prensa -exceptuando la revista «¡Hola!»- casi al grito de «vade retro»... Pero muchos de nosotros soñábamos con conseguir esa entrevista imposible.

Hacía seis meses que solicité la entrevista. Tres meses después me la concedieron. Sólo faltaba elegir el momento adecuado; fijarle fecha; esperar que el presidente tuviera dos horas libres para sentarme frente a él. Pero en la agenda de Suárez debe de haber anotaciones hasta en las tapas. Desde mayo sigo atentamente las idas y venidas del jefe del Gobierno. Y me confieso desalentada: nunca encontrará el momento adecuado. Por eso, cuando el Gabinete de Presidencia me envió la sorprendente oferta de acompañarlo en un viaje oficial a Perú, con la condición -eso sí-de que el resto de los periodistas invitados ignoren que yo estaba allí para hacerle una entrevista, me quedo perpleja. Y claro, acepto.

Y por fin, un mes después, nos sentamos en un sofá turquesa del Hotel Bolívar de Lima. A 10.000 kilómetros y a siete meses de distancia de mi primera solicitud. Es la una de la madrugada. Adolfo Suárez acaba de volver de la cena ofrecida en el palacio del Gobierno. Ha llevado un día muy movido: Te Deum, recepciones, investiduras... Está cansado. Marcelino Oreja se acerca a recordarle que mañana se tendrá que levantar a las siete. Cuando nos dejan solos, el presidente se vuelve hacia mí: «¿Ve cómo por fin hablamos?... Yo cumplo lo que prometo. Podía usted confiar».

-Nunca lo dudé. Siempre pensé que haríamos esta entrevista.
-¿Sí? ¡Pues es toda una prueba de fe!

-¿Sabe por qué quería entrevistarle? Creo que es usted el gran desconocido. Los españoles no sabemos nada de Adolfo Suárez persona. Cómo se siente, cómo piensa.
-Yo soy el primer convencido de ello. No. No me conocen.

-Pues tienen derecho a conocerle. Si le votan, y si se ponen en sus manos, necesitan saber con quién se juegan el porvenir.
-Sí. Ellos tienen derecho; y yo tengo la obligación de explicarme. Estoy de acuerdo. Y voy a procurar remediar ese desconocimiento; a darles una respuesta. Quiero utilizar más los medios de comunicación. La televisión sobre todo... Porque en televisión soy responsable de lo que digo, pero no soy responsable de lo que dicen que he dicho... Tengo muchísimo miedo de cómo escriben después las cosas que he dicho. Soy reacio a las entrevistas.

-¿Por eso evita usted hablar con la prensa?
-Es que soy muy reacio a las entrevistas... Muy reacio.

-Quizá el problema es también nuestro, de la prensa. Últimamente parece que algunos nos sentimos demasiado inclinados a ser protagonistas.
-Sí. Yo noto ese afán de protagonismo. Algunos periodistas me preguntan sobre un tema político para tratar de convencerme de sus posturas. Entonces les digo: ¿Ustedes, qué quieren: saber mi opinión o convencerme de la suya?... Porque si vienen a hacerme una entrevista, les interesará conocer mi criterio, supongo. Y tendrían que escucharlo libre de prejuicios. Después, ustedes lo estudian, se informan y, si no les gusta, lo critican... Después, todo lo que ustedes quieran. Pero sólo se tienen presentes a ellos mismos. Escriben para ellos mismos... Los comentarios políticos suelen ser mensajes que no entiende casi nadie. De ahí que la prensa tenga cada vez menos lectores. De ahí que los políticos estén cada día más separados del pueblo... Porque han acabado todos cociéndose en la gran cloaca madrileña... Y molesta mucho que yo hable de una gran cloaca madrileña. ¡Pero es verdad! No existe la preocupación de sobrevolar por encima. Nadie intenta hacer una crítica objetiva de las actuaciones políticas, con independencia del partido que realiza la acción.
La prensa persigue intereses concretos -políticos o personales del político que le informa-. Defiende las conveniencias de alguien que instrumentaliza a ese periodista. Y los periodistas se han convertido en correas de transmisión de los intereses de grupos determinados. Hay excepciones, desde luego. Pero, por desgracia, esa es la tónica general. Esta tarde les decía a unos periodistas: ¿Pero cómo es posible que tengan ustedes el más mínimo respeto a una persona que les cuenta lo que ha ocurrido, lo que se ha tratado en un Consejo de Ministros o en alguna reunión de naturaleza totalmente reservada?
¡Para mí, ese señor se habría acabado! Porque no me ofrecería ninguna imagen de seriedad, ni de responsabilidad, ni de nada. Pero ustedes colocan a esa persona en la punta de lanza de la popularidad... Quizás por pagarle el precio de una información... Eso es deleznable... Y se está dando mucho en la política española.

-Supongo que tiene usted razón. Aunque yo no soy ninguna experta.
-¡No... No! Yo tampoco soy un experto. Simplemente observo una realidad que me parece muy grave, porque nadie intenta remediarla. No se entrevé ningún síntoma de corrección. Y la gente se está apartando de todo. De todo... Y noto, además, que algunos periodistas no intentan obtener los datos necesarios para hacer una información exacta. He hablado de Autonomías con un grupo de periodistas. Y les he dicho: ¿Ustedes se dan cuenta de que han desprestigiado totalmente el estatuto gallego? Les pregunto: ¿Lo ha leído alguno de ustedes? Y no... ¿Y han leído ustedes el título octavo de la Constitución?... Y no.
Y es más: me reuní con los intelectuales gallegos que habían criticado el Estatuto de Galicia. Los he llamado reservadamente. Los he invitado a almorzar. He ido con el estatuto y lo he puesto encima de la mesa: «Señores, vamos a mirar artículo por artículo dónde está la ofensa a Galicia...» ¡Y me confesaron que no lo habían leído!... Cuando todos ellos se habían manifestado públicamente en contra... Sólo porque Alfonso Guerra había dicho que aquello era una ofensa a Galicia. Y Fraga había dicho que aquello era una ofensa a Galicia... Así que funcionaban simplemente por el ruido del tam-tam de la selva. Yo repito a menudo que en España está ocurriendo un fenómeno muy grave: las cosas entran por el oído, se expulsan por la boca y no pasan nunca por el cerebro... Casi nunca pasan por la reflexión previa.
Pero es un hecho que está ahí; que sucede. Y luchar contra ello es muy difícil... Yo he intentado combatirlo muchas veces... ¡Y así me va!...Así me va... Soy un hombre absolutamente desprestigiado. Sé que he llegado a unos niveles de desprestigio bastante notables... He sufrido una enorme erosión.

-¿Y por qué no intenta arreglarlo? Debe tener una solución.
-Sí. Pero la tiene utilizando los mismos procedimientos; y no me gusta. No quiero convertirme en un hombre que busca sectores que lo cuiden, que lo mimen... ¡En absoluto, no va conmigo! Yo sólo digo que me juzguen por mis obras. ¡Dios mío... Que no son todas deleznables!
Desde luego, el 80 por ciento de lo que se escribe de mí no responde a la realidad... ¿Y qué voy a hacer? ¿Usted sabe lo que supone pasarse el día rectificando? ¡Es horrible! «Quien calla, otorga, presidente», suelen decir los periodistas. Pero ustedes comprenderán que si alguien inventa una cosa, y la prensa la recibe como noticia y no la contrasta y la publica, yo no puedo dedicarme a desmentirla... Me faltarían horas para eso.

-Cuando se ocupa un primer puesto, se reciben más críticas que parabienes
-Sí. Es verdad. Parto de esa base y la acepto. Pero también es verdad que no se puede luchar contra la irreflexión. Es muy difícil que una persona asuma sus propios defectos. Y cuando se los dice alguien que además es presidente del Gobierno, creen que está buscando unos niveles importantes de aprobación personal. No se le puede advertir a nadie: usted se equivoca porque no lee; usted se equivoca porque no estudia; no se informa de los hechos... Decir eso es muy grave.

-A cualquiera le resulta difícil de aceptar, ¿no?
-Nadie lo admite casi nunca. Consideran que es una ofensa personal. Y aumenta todavía el grado de irritación contra mí. He llegado a la conclusión de que es mejor callar. Y es lo que suelo hacer. Yo sé que me he equivocado en muchas cosas. Pero el resultado final es favorable. Si creyera que es cierto en un 80 por ciento lo que dicen de mí, tendría que corregirme. Pero de tantas acusaciones, sólo un 30 por ciento tiene alguna base real... Es verdad que he cometido errores. No hay persona que no los cometa. Pero la mayoría de las veces, no tanto por lo que me acusan: excesiva concentración de poder. Al revés: mi error ha sido no ejercer el poder que legítimamente me corresponde.

-No crea. Quizás los políticos y la prensa le acusen de excesiva concentración de poderes. Pero la gente de la calle se queja de lo contrario: de que no lo ejerce.
-Pues ésa es una acusación cierta. Sobre todo este último año... Y tenía razones para obrar así. Aunque quizás eran justificaciones personales, porque a la vista del resultado no pueden ser justificaciones institucionales... Lo que ocurrió es que hice una delegación de poder y durante siete u ocho meses, en algunos aspectos, no he tenido los hilos de la información. Los he conservado en política exterior, en seguridad ciudadana... Pero se me han escapado otros; fundamentalmente en el Parlamento. Ahora, los estoy recuperando a marchas forzadas. Reconozco que he cometido un error grave que quiero corregir... Que no sé si seré capaz de corregir... Bueno, ¡estoy seguro que lo corregiré! Tal vez tengo excesiva confianza en mí mismo. Y eso no es bueno...

-¿Por qué? Estar dispuesto a superar errores y circunstancias adversas es una buena cosa.
-Yo creo estar especialmente dotado para eso... Cuando me siento acosado, salgo hacia delante. Pero no es tan bueno. Lo deseable sería mantener siempre el mismo nivel de exigencia personal... Tengo muchos defectos... Muchos. Pero soy consciente de ellos y lucho por corregirlos, no crea. Pero los asumo -sonríe-, sé mis limitaciones, pero conozco también mis posibilidades. Y combinando ambas cosas se obtiene un producto más o menos aceptable... Visto lo que abunda en la clase política española y en la internacional.

-¿En la internacional también?
-Pues verá... Al principio, en mis primeros contactos internacionales, me impresionaba conocer a aquellos políticos que siempre había admirado...

«No tengo vocación de entrar en la Historia»
-Y se deslumbró.
-¡No...! No me deslumbré. En absoluto. Al revés: fui creciéndome yo mismo. Y empecé a sentir una gran preocupación por el destino del mundo, en función de las personas que lo dirigen... Al final, he llegado a la conclusión de que los políticos son hombres como los demás. En el fondo, las cualidades que verdaderamente cuentan son las humanas. Un político no puede ser un hombre frío. Su primera obligación es no convertirse en un autómata. Tiene que recordar que cada una de sus decisiones afecta a seres humanos. A unos beneficia y a otros perjudica. Y debe recordar siempre a los perjudicados... Gracias a Dios, yo no lo he olvidado nunca. Pero se sufre porque no puedes tomar decisiones satisfactorias a corto plazo para todos los españoles. Aunque esperas que sean positivas en el futuro y asumes el riesgo... Hay personas que no ven a los gobernados uno a uno... Yo los sigo viendo. ¡Les veo hasta las caras!
Otro requisito indispensable en un político es la capacidad para aceptar los hechos tal y como vienen, y saber seguir hacia delante. Nunca puede sentirse deprimido. Tiene que continuar luchando. Confiar en lo que siempre ha defendido y en los objetivos programados a largo plazo... Pasar por encima de las coyunturas. Porque, a veces, las circunstancias pueden desvirtuar el destino histórico de un país. Y es preferible decir sí a la Historia que a la coyuntura. Yo lucho, intento luchar, contra esas coyunturas.

-Supondrá una gran tensión... Como nadar contra corriente.
-Sí. Una tensión tremenda... Hay que estar dispuesto a aceptar un grado enorme de impopularidad. Pero yo estoy dispuesto a eso. Lo estuve desde el primer día en que fui presidente. Hubo una primera época en que el ambiente jugaba a mi favor. Y yo no opino, como muchos, que el pueblo español estaba pidiendo a gritos libertad. En absoluto, el ansia de libertad lo sentían sólo aquellas personas para las que su ausencia era como la falta de aire para respirar. Pero el pueblo español, en general, ya tenía unas cotas de libertad que consideraba más o menos aceptables... Se pusieron detrás de mí y se volcaron en el referéndum del 76, porque yo los alejaba del peligro de una confrontación a la muerte de Franco. No me apoyaban por ilusiones y anhelos de libertades, sino por miedo a esa confrontación; porque yo los apartaba de los cuernos de ese toro... Cuando en el año 77 se consolida la democracia y las leyes reconocen libertades nuevas, pero también traen aparejadas responsabilidades individuales y colectivas, empieza lo que llaman el desencanto...

¡El desencanto! Yo no creo que el pueblo español haya estado encantado jamás. La Historia no le ha dado motivos casi nunca. Tuvimos que aprender que los problemas reales de un país exigen que todos arrimemos el hombro; exigen un altísimo sentido de corresponsabilidad. Y sin embargo, los políticos no transmitimos esa imagen de esfuerzo común.. La clase política le estamos dando un espectáculo terrible al pueblo español.
-Bueno, yo escucho a la gente ¿sabe? y cada día se siente menos representada por sus políticos. Tienen la sensación de que en el Parlamento sólo se juega a hacer política de partidos... Y no se refieren sólo a usted, sino a la clase política en general.

-... Y yo también. Yo también. Es verdad. Somos todos. Somos los políticos. Los profesionales de la Administración... La imagen que ofrecemos es terrible... Vivimos una crisis profunda que no es, en absoluto, achacable al sistema político. Pero la democracia exige a todos una responsabilidad permanente. Si nosotros fuéramos capaces de transmitir al pueblo ese sentido de responsabilidad, si lo tuviéramos perfectamente informado, el pueblo español asumiría todo lo que supone la soberanía ciudadana. Pero le hemos hecho creer que la democracia iba a resolver todos los grandes males que pueden existir en España...Y no era cierto. La democracia es sólo un sistema de convivencia. El menos malo de los que existen.

-Usted ha hablado de actuar siempre con perspectivas históricas, de sacrificar el presente en aras del futuro... ¿Espera también encontrar su compensación en la Historia?
-No. Yo no tengo vocación de estar en la Historia. Además, creo que ya estaré; aunque sólo ocupe una línea. Pero eso no compensa... Hoy, ahora, tengo la satisfacción de poder seguir haciendo lo que debo hacer... Y no siempre ha sido así... Mi mayor preocupación actual es la convivencia. La democracia puede ser más o menos buena, pero lleva en sí unos altos niveles de perfeccionamiento. Y la perfección máxima consiste en la convivencia perfecta. Hay que crear las condiciones necesarias para que los españoles convivan por encima de sus ideas políticas; que las ideologías no dañen las relaciones de amistad, de vecindad. Sé que es un objetivo posible; estoy convencido. Y si lo conseguimos, habremos hecho una labor histórica de primera magnitud. Por fin habríamos acabado con todas las previsiones de enfrentamientos históricos. La transición española dará un ejemplo al mundo. El símbolo, para mí, es que sean amigos personas de partidos diferentes, pero amigos. Que por la mañana puedan ir a votar juntos, y después sigan charlando y discrepen, pero civilizadamente. Que no traslademos al país nuestro rencor personal. Que no ahondemos con diferencias políticas las diferencias regionales y económicas que ya existen. Diferencias que, además, tampoco son insalvables... Ése es mi auténtico objetivo. Ésa sería mi compensación.

«Los políticos están cada vez más separados del pueblo»
-Pero como usted ya forma parte de la Historia... ¿Qué le gustaría que escribieran en esa línea que le corresponde?
-Creo que la Historia de esta época sólo será objetiva cuando pase mucho tiempo. Pero ahora, de inmediato, se verá afectada por las propias posiciones personales. Yo escucho y leo muchas cosas que se han escrito en los últimos cuatro años... ¡Y hay una cantidad de inexactitudes y de errores de perspectiva!... Cualquiera sabe lo que dirá la Historia dentro de 30 o 40 años... Por lo menos, pienso que no podrá decir que yo perseguí mis intereses. Admitirá que luché, sobre todo, por lograr esa convivencia; que intenté conciliar los intereses y los principios... Y, en caso de duda, me incliné siempre por los principios.

-¿Qué pesa más: las insatisfacciones o la alegrías?
-Es muy difícil de calcular. Los hechos no son tan simples. Si examino una situación y pienso que algunas cosas van por el camino que pretendía... Entonces tengo una alegría enorme. Tuve una gran satisfacción en el año 76; y la he tenido con algunos textos legales que han salido como queríamos; y con esa convivencia que, pese a todo, se está dando en el Parlamento... Insatisfacciones... Muchas. Ingratitudes, más bien diría que muchísimas... Bueno, ingratitud no es la palabra exacta, aunque las he recibido. Lo malo es la incomprensión. ¿Usted sabe las cosas que han dicho de mí? Personalmente me afecta poco lo que digan... Pero me preocupo por mis hijos. Por si un día llegan a creer que su padre era todo eso que se escribe en la prensa...

-¿La incomprensión le ha resultado alguna vez insoportable?
-Sí. Me ha producido ratos amargos, cansancios. Ha habido momentos terribles.

-Y los superó...
-Pero resisto. Yo suelo decir que me he empeñado en un combate de boxeo, en el que no estoy dispuesto a pegar un solo golpe. Quiero ganar el combate en el quince round por agotamiento del contrario... ¡Así que debo tener una gran capacidad de aguante...! Es una imagen que refleja bien mi postura. Si en mis decisiones públicas hubiera un pequeño ingrediente personal-el más mínimo- derivado de las ofensas que he recibido, en ese mismo instante me marcharía. Porque estaría cometiendo los mismos errores que se han cometido históricamente. Caería en las equivocaciones de esos políticos que, por razones personales, llevaron a España a enfrentamientos muy graves. A veces cuesta un gran esfuerzo mantener esta actitud... A mí me han estado insultando de una forma tremenda... Y yo he seguido saludando con el mismo gesto, con la misma intención, hasta con el mismo afecto, a la persona que me insultaba...

-Pues eso tiene su mérito.
-Eso es tener un cierto sentido de responsabilidad, de responsabilidad histórica, que la da el cargo. Yo he sido siempre un hombre responsable. Y también me influye la ilusión que conservo. La ilusión de que es posible conseguir lo que me había propuesto. Los políticos se rinden, a menudo, porque no ponen todo el esfuerzo necesario para alcanzar la meta; porque priman los objetivos a corto plazo. Pero yo todavía tengo una enorme ilusión. La misma que tuve toda mi vida.

-¿Toda su vida?... ¿Cuándo pensó que sería jefe de Gobierno?
-Siempre. Lo comentaba incluso con los amigos.

-¡Qué curioso!... Es raro que se cumplan los sueños.
-Sí. Pero eso satisface el primer año. Después, no te llena lo suficiente, porque entran en juego otras cosas más importantes. Se me acusa de ser un hombre ambicioso... Pero, ¿es que nadie se ha parado a pensar que ya se han cumplido todas mis ambiciones personales? Todas. No me falta ni una... ¿Y usted cree que el poder, por sí mismo, satisface a quienes lo poseen?

-Pues si no satisface, por lo menos apasiona ¿no?
-Desde luego es apasionante... Apasionante. Y no digo que el poder no satisfaga, lo que quiero explicar es que por sí mismo no puede justificarse. El poder sólo se justifica en función del cumplimiento de unos objetivos, por supuesto no personales. Además, yo no he disfrutado las compensaciones personales que el poder comporta. Nadie puede negar que soy un hombre volcado en mi trabajo; no se me ve en cócteles ni en cenas, ni en ninguna de esas facetas agradables de la vida pública... Paso el día estudiando documentos, leyendo expedientes, analizando acontecimientos. Despacho los asuntos urgentes... Recibo visitas; me entrevisto con economistas, con especialistas en los temas que me preocupan. Procuro hablar con las personas que tienen una opinión diferente a la mía para ahondar en sus razones... Son muchos deberes. Mi primera obligación es convencer. Tengo un partido político que apoya mi gestión. Y no puedo decir: esto se hace así porque yo lo he decidido. Vivo convenciendo... Ni siquiera estoy demasiado tiempo sentado. Me levanto y paseo muy a menudo. Necesito moverme.

-¿Por qué? ¿Por una constante tensión nerviosa?
-Bueno, yo soy un hombre inquieto, vital... Pero me domino muy bien. Lo he pasado muy mal. Pero cuando uno ha sido cocinero antes que fraile, y ha conocido muchas situaciones, aprende a dominarse.

(De nuevo vienen a advertirle de la hora. Les preocupa el programa de mañana: «Presidente, tiene que madrugar...»)

-Si está cansado lo dejamos, señor Suárez. (Se pasa la mano por los ojos).
-Estoy un poco cansado... Sí.

-Seguiremos en otro momento, ¿no? En realidad me quedan por hacerle todas la preguntas....
-Por supuesto -me tranquiliza-. Además, hemos quedado en que esta entrevista la haremos en varias ocasiones.

Un día después, en el vuelo de vuelta a Madrid, le miro mientras habla con los periodistas. Tiene algo de pez escurridizo. Con la cara de frente, los ojos miran de perfil. Parece inmóvil, pero se escapa. En cambio, la noche anterior, el cansancio, el silencio y la soledad sacaron a flote otro hombre agotado. Me faltó preguntarle si al final de la jornada siempre repasa los buenos y los malos momentos, si reflexiona y hace autocrítica. Todavía en el avión, en un momento de distracción general, me promete bajito: «Seguiremos hablando. Habrá otra ocasión».
 Sin embargo, la ocasión no se presentó o sus adjuntos la impidieron. A saber. No obstante las insistencias de mis idas y llamadas a La Moncloa. Y cuando yo, por compromiso y deferencia, le envié la trascripción de la conversación mantenida en la madrugada de Lima, sus consejeros dilucidaron y discreparon sobre si se debería o no publicar. A pesar de Josep Meliá o del apoyo de Chencho Arias, triunfó el no «porque el presidente no puede ser tan sincero». Pero el hecho es que lo había sido. Demasiado sincero. Y la entrevista quedó encerrada en un cajón y en mi «debe» indignado.
 Ahora, releída con la serenidad sabia que dan los años, reconozco que un presidente no podía ser públicamente tan sincero. Pero ahora también, cuando le llueven los homenajes y las nostalgias, creo que es bueno que quienes le criticaban tanto, de los que se dolía, o todos los demás que apenas le han conocido sepan cómo pensaba y cómo se sentía. Por aquella época, y al final de algún segundo encuentro, Adolfo Suárez, todavía presidente, me dijo: «Es usted la única persona en España con la que estoy en deuda. Le debo una entrevista».

-Y si no, publico ésta.
 -Y si no, en su día, publica ésta...
Dos meses después dimitió.
http://www.abc.es/espana/20140323/abci-adolfo-suarez-entrevista-201403211204.html

sábado, 23 de febrero de 2013

ENTREVISTA CON JULIO VALDEON .


ENTREVISTA CON JULIO VALDEON . «En la Edad Media, España ya existía como idea»
Enamorado de Castilla y defensor de una visión heterodoxa de lo castellano, en abierta oposición a la lectura imperial que de ella quiso hacer el franquismo, Julio Valdeón Baruque se especializó en Historia Medieval por influencia de Luis Suárez Fernández.
Nacido en Olmedo, Valladolid, en 1936, dentro de una familia republicana, e influido por la tradición marxista, es uno de los principales renovadores de la historiografía medieval española

ENTREVISTA CON JULIO VALDEON . «En la Edad Media, España ya existía como idea»
Entrevistado por ASUNCION DOMENECH y ARTURO ARNALTE 

PREGUNTA.- ¿Desde cuándo se puede hablar de  España?
RESPUESTA.- Si nos referimos a la nación-Estado, desde el siglo XIX. Pero la idea de España como un cuerpo político existe en la Edad Media, aunque fuera entre las minorías. Incluso algunos escritores del final del Imperio romano aluden a lo hispano no sólo como territorio, sino también como formas de vida y costumbres.

P.- La idea medieval de España, ¿la tienen sólo los cristianos?
R.- La palabra España es cristiana, pero  los musulmanes aplicaron un término referido al conjunto de la Península, Al Andalus, y los judíos hicieron lo mismo, Sefarad. Siempre se ha dicho que Al Andalus y Sefarad son sinónimos de España.

P.- ¿Ha quedado luego algo de Al Andalus y Sefarad en España?
R.- Ocho siglos de coexistencia han dejado huellas. Una muestra es la cantidad de palabras de origen árabe. Del judaísmo también hay herencia, porque muchos judíos aceptaron la conversión al cristianismo. Además, los judíos preocupaban más.

P.- ¿En qué sentido?
R.- Porque eran atacados por la Iglesia, que los llamaba «deicidas». Se les acusaba de usura, aunque sólo la practicara una minoría. En cambio, los musulmanes que quedaban eran más modestos, obreros, labradores, y preocupaban menos.

P.- ¿La convivencia entre las tres culturas fue real?
R.- Más que convivencia, habría que decir coexistencia. Alfonso X el Sabio (1221-1284) tuvo mucha relación con judíos y musulmanes en la Escuela de Traductores de Toledo. Sin embargo, en su obra Las Partidas se lee: «Los judíos están como testimonio de que mataron a Cristo y con la esperanza de que algún día se conviertan». Decir «os admitimos porque os daréis cuenta de vuestro error» no es tolerancia. Pero probablemente coexistieron más que en otros países de Europa. Cuando los cristianos llegaron a Toledo, Alfonso VI (1040-1109) firmó el decreto llamado Carta inter cristianos et judeos, que establece que hay que tratar igual a unos que a otros.

P.- ¿Cómo hay que entender los progromos de 1391?
R.- La razón principal fue la guerra entre Pedro I el Cruel y su hermano Enrique de Trastamara. Enrique, un bastardo de Alfonso XI (1311-1350) que aspira al trono, acusa a su hermano de protector de los judíos. Era una forma de ganarse al pueblo. Las matanzas de judíos de 1391 fueron consecuencia de esa guerra de tres años, que tiene muchas similitudes con la Guerra Civil. Tuvo lugar entre 1366 y 1369, o sea, múltiplos de tres, como entre 1936 y 1939. Intervinieron extranjeros en ambos bandos, igual que en la Guerra Civil. Y cuando Enrique II, antes de acabar la guerra, se proclamó rey, lo hizo en las Huelgas de Burgos, donde Franco se proclamaría jefe del Gobierno del Estado español. Enrique era un cruzado y Franco, el dirigente de la «cruzada de liberalización nacional».

P.- ¿Cómo hay que interpretar la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos?
R.- Tras el fin de la Guerra de Granada y la puesta en marcha la Inquisición, pensaron que la mejor forma de evitar que los conversos judaizaran en secreto era que no tuvieran conexión con judíos de verdad. Por eso se les conminó a convertirse o a irse.

P.- Se ha escrito que el decreto de expulsión era muy duro, precisamente para que prefiriesen convertirse.
R.- Parece que, como mucho, se fueron cien mil, entre todos los reinos: Castilla, Aragón y Navarra. Bastantes volvieron después y parece que los que se fueron, salvo excepciones, eran los más pobres.

P.- En cuanto a los musulmanes, ¿cómo valora el papel de la Reconquista como seña de identidad española?
R.- La conciencia de Reconquista sólo la tuvo una minoría, que especulaba con el retorno a la unidad de los tiempos visigodos. Pero, al principio, la presencia musulmana en la Península fue muy tolerante. La buena relación se quebró con la disgregación del Califato en las taifas y cuando llegaron invasores más integristas, los almorávides (siglo XI) y los almohades (siglo XII). P.- Los musulmanes que pasaron el Estrecho no fueron muchos y parece que la islamización se produjo con los propios habitantes de la Península. R.- A mediados del siglo X, en la época de Al Hakam II, casi el ochenta por ciento de la población cristiana había aceptado la religión musulmana. El historiador Pierre Guichard ha demostrado que hubo una islamización de las relaciones conyugales, familiares y de otros muchos aspectos, aparte de los religiosos.

P.- Si esto es así, ¿la visión de la Reconquista como una seña de identidad no se corresponde con las evidencias históricas?
R.- Siempre se trató de identificar España con la Cristiandad. Pero la islamización quizá se debió también a que la difusión del cristianismo no era muy profunda. Muchos escritos de autores visigodos hablan de paganismo rural.

P.- La repoblación siempre se ha explicado en paralelo a la Reconquista. ¿Qué fue antes?
R.- La repoblación empezó en la Cuenca del Duero y en unas zonas de Cataluña que no ocupaban ni unos ni otros, porque los musulmanes no pasaron apenas del Sistema Central y, por el Valle del Ebro, de Zaragoza. Pero la Cuenca del Duero era una especie de tierra de nadie: el poder de los reyes de Asturias no pasaba de la Cordillera Cantábrica y los musulmanes, al cruzar el Duero, pensaban que pasaban al desierto. A partir del año 800, poco a poco, gente que se había concentrado en las montañas empieza a bajar y a asentarse en el norte de León, Palencia, Burgos. O sea que en principio hay una repoblación espontánea. La dirigida llegó en el siglo XIII.

P.- ¿El avance de la Reconquista tuvo por objeto apoyar estos asentamientos?
R.- Los primeros pasos de la Reconquista se dieron sobre todo con Alfonso VI, cuando llegó a Toledo (1085), la primera gran ciudad que conquistaron en Al Andalus, que ya estaba fragmentado en taifas. Pero la idea de la Reconquista es un poco ficticia. Empezó a utilizarse a partir del siglo XIII, después de la Batalla de las Navas de Tolosa (1212), que se consideró una gran cruzada.

 P.- A principios del siglo XV, tanto en Castilla como en Aragón gobierna una misma casa, los Trastamara. ¿Podría hablarse de una primera dinastía nacional?
R.- El hecho de que una misma familia ocupe los dos principales reinos es muy importante. Aunque la unión de los herederos de ambos reinos fue una unión dinástica, era también un paso hacia la reconstrucción de la unidad de España. Lo dicen los cronistas de la época. Lo escribe Diego de Valera: «Se va a la monarquía de todas las Españas». Lo dice el obispo de Gerona Joan Margarit: «Se han unido la España Citerior y la Ulterior». También Pedro Mártir de Anglería: «Ya están unidas casi todas las Españas, sólo quedan dos dedillos, Navarra y Portugal». Con los Reyes Católicos se dio un paso más. A partir de entonces, en el extranjero, se utiliza cada vez más la expresión «reyes de España». Aquí no, porque era una unidad por arriba, basada en el poder del rey, pero por la base era una especie de federación, en la que cada reino tenía su moneda, sus aduanas y sus normas jurídicas distintas

P.- ¿Hemos vuelto a los orígenes?
R.- Sí, con las 17 comunidades autónomas, casi volvemos a los orígenes.

P.- ¿En qué medida estas señas de identidad histórica, como la Reconquista o los Reyes Católicos, son producto de la relectura de la Historia  por el franquismo?
R.- Durante el franquismo hubo una reinterpretación de los Reyes Católicos, de las ideas de la Cristiandad y de la cruzada contra los musulmanes. Recordemos canciones como aquélla de «Isabel y Fernando, el espíritu impera...». Pero aquella España era más una federación que una unión. Lo que hubo fue un abuso de la Historia por parte de un régimen político.

P.- En esa relectura franquista, parece que Castilla es la que contiene la esencia de España.
R.- Siempre se ha dicho que «Castilla hizo a España». En eso coincidieron José Ortega y Gasset y Claudio Sánchez Albornoz. Aunque Ortega decía: «Castilla hizo a España y la deshizo». Y Sánchez Albornoz: «Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla». La Corona de Castilla tuvo un fuerte papel en términos cuantitativos, por varias razones. Tenía más población y los reyes tenían más fuerza que en Aragón, donde la nobleza y la Iglesia controlaban más los procesos políticos. También a Colón lo apoyó Castilla y es a ella a la que se añaden los territorios descubiertos en América. Esto explica que el castellano terminara siendo el idioma general, no el único, de todos los españoles. Pero la Corona de Aragón aportó los dominios italianos y trajo el humanismo a España gracias a Alfonso V el Magnánimo (1396-1458).

P.- El año 1200 es clave en la inclinación hacia Castilla de los territorios vascos, en lugar de hacia Navarra.
R.- Vizcaya fue siempre un señorío que dependió de los reyes de Castilla. Álava empezó siendo un condado de Castilla, luego se incorporó a Navarra y, en el 1200, Guipúzcoa y gran parte de Alava pasaron a ser tierras de Castilla. Si se lee a los historiadores vascos de los siglos XVI y XVII, todos escriben que preferían estar con Alfonso VIII (1155-1214) de Castilla, que con el rey de Navarra. En cuanto a Navarra, se gestó en el territorio de la montaña, donde estaban los vascones y el propio Sancho III el Mayor (¿992?-1035), pero luego se proyectó hacia la ribera del Ebro, y entró en relación con las familias reales de León,  Castilla y Aragón. Sancho el Mayor quiso ser señor de Gascuña, pero no lo consiguió. Decir hoy que Sancho el Mayor fundó el Estado vasco es incorrecto, aparte de que el concepto de Estado aplicado al siglo XI está fuera de lugar.

P.- Junto a la formación de un nacionalismo español en el siglo XIX, también a finales de ese siglo surgieron los nacionalismos periféricos, que también apelan a la Edad Media.
R.- El nacionalismo va de la mano del desarrollo económico. A partir del siglo XVIII, y sobre todo del XIX, Cataluña experimentó un fuerte auge económico, que va ligado al cultural, la llamada Renaixença catalana. Eso se tradujo en la gestación del nacionalismo catalán. En el País Vasco, intervienen otra serie de factores (la minería, la siderurgia), que le permitieron convertirse en una fuerza económica importante, lo que tuvo proyección a nivel político. Durante la Transición, en Castilla y León hasta surgió un nacionalismo segoviano que decía: «Fuimos los más demócratas de la Edad Media, porque los segovianos habíamos nacido para ser libres». Uno piensa: Ah, entonces, ¿los demás hemos nacido para ser esclavos? Para justificar los nacionalismos siempre se busca en el pasado. En el caso vasco, esto es más complejo. El pueblo vasco tiene peculiaridades propias, unas características y una lengua. Pero una lengua familiar, de caserío, que no ha sido literaria. ¿En qué están escritas las crónicas de Navarra? En castellano. Incluso contribuyó a la formación del castellano. Tenemos sólo cinco vocales por influencia del euskera.

P.- Durante mucho tiempo, el nacionalismo catalán y el vasco se han afirmado contra Castilla. ¿Cómo ve este rechazo una persona que ha defendido lo castellano como algo distinto al tópico español?
R.- Ha sido negativo para Castilla. El centralismo no tiene que ver con el pueblo castellano, que está en crisis desde el siglo XVII. Perdió la Corte, que estaba en Valladolid. La población empezó a declinar. Era el granero de España, pero no tenía actividad industrial. Y esto empeoró en tiempos de Franco. ¿Adónde iban a trabajar las gentes de esta tierra? Al País Vasco o a Cataluña. ¿Y dónde iban los ingresos que hacían en los bancos? Al País Vasco o a Cataluña.

P.- ¿En qué medida la identificación entre lo español y lo castellano tiene que ver con la Generación del 98?
R.- En mucha, y eso que no eran castellanos. Eran sevillanos, como Machado; vascos, como Unamuno; alicantinos, como Azorín. No se puede generalizar. Lo castellano es una pieza más de lo español, como el catalán, el vasco, el gallego, el andaluz, el valenciano. Somos un mosaico. Identificar lo castellano y lo español es un abuso. Madrid se ha identificado con lo castellano, pero esto es abusivo. Madrid no es una ciudad castellana, es una ciudad universal y ahora más que nunca.

P.- ¿Cree que hay unas señas específicas de identidad españolas?
R.- No hay ninguna identidad nacional estática, las identidades cambian con el tiempo.