DÍAS
DE CONJURA
FERNANDO
GARCÍA DE CORTÁZARCatedrático de Historia Contemporánea Universidad de Deusto/
EN
1943, en medio de una ciudad -Bucarest- trastornada por la guerra y los
gobiernos filonazis, sin saber si su vida de hombre prisionero de una historia
siniestra era realidad o ficción, sin saber si recordaba las escenas de una
novela o las estaba viviendo, el escritor de origen judío Mihail Sebastian
apuntaba en su diario:
«Posible
título para un ensayo: De la realidad física de la ficción. Demostrar que la
mentira, por arbitraria que sea, crece, se ramifica, se organiza, se convierte
en un sistema, cobra perfil y punto de apoyo y, a partir de cierto grado,
sustituye a la realidad, se transforma ella misma en realidad y empieza a
ejercer una presión irresistible no sólo sobre el mundo sino sobre el propio
autor de la mentira».
Sebastian
escribía estas notas después de haber escuchado decir a uno de los
intelectuales más brillantes de Rumania que el comunismo era el complot
universal de los judíos, después de haber visto cómo al calor de aquel mito las
leyes antisemitas le convertían poco a poco en un proscrito, en un conspirador
ansioso de hacer saltar por los aires Bucarest, después de caminar durante
horas por las calles blancas y desiertas del amanecer, solo, vacío de recuerdos
y de esperanzas, después de tener la impresión de que la ciudad que había
soñado suya se alejaba, se perdía, y en su lugar brotaba una ciudad frívola,
paranoica y terrible, una ciudad en forma de ficción, de enigma, de complot, de
culpa.
Sebastian
moriría en 1945, arrollado por un camión. Jamás escribió aquel ensayo. Quien si
lo hizo fue Danilo Kis, un novelista de la antigua ex Yugoslavia que
investigaría las matanzas de judíos de los años bárbaros y escribiría un relato
sobre la historia fantástica de aquel mito del complot, de su demencial
influencia sobre generaciones y generaciones de lectores y de las trágicas
consecuencias que de todo ello se derivaron.
Como
un detective que trata de descifrar un enigma, Danilo Kis se movió entre textos
extraños, representaciones alucinantes y persecutorias, utopías negativas que
se renovaban en sociedades secretas y le llevaban por los caminos de la
superstición, el ocultismo, la locura mística, el fanatismo religioso y esa
forma tan moderna de literatura especulativa y paranoica que surgiría en Europa
con la caída del Antiguo Régimen. Convertido en un aventurero que busca un
secreto que tal vez no existe, destejió el modo en que la literatura del
complot actuaba y producía efectos en la realidad, desde su origen
propagandístico en la Francia revolucionaria hasta los rumores que la
trasladaban a la Rusia de los zares y la Alemania de la República de Weimar y
el ascenso nazi. El poder de la ficción, concluía, la realidad física del complot,
de aquella fabulosa conspiración con diversas cabezas rectoras y múltiples
tentáculos, el poder de aquel fraude, residía en la posibilidad de hacer creer.
Como
se descubre leyendo muchos de los escritos posteriores a la Revolución
Francesa, el complot, la idea de minorías tramando el destino del mundo, tuvo a
finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX un gran arraigo en la
mentalidad de los escritores reaccionarios de Europa. La Revolución Francesa,
observaba un noble francés en 1796, era un acontecimiento único en la historia.
Los nobles, los clérigos y los reyes descubrieron entonces que un sueño podía
ser un polvorín de barricadas; que las doctrinas podían difundirse más allá de
las fronteras, y lo que era peor, sus ejércitos, convertidos en cruzados de la
causa, destruir los sistemas políticos del continente. Era tentador achacar el
hundimiento del Antiguo Régimen a una conjura abiertamente decidida contra Dios
y contra las leyes. No pocos lo hicieron; y el modo delirante, y muchas veces
marginal, de analizar la historia, aquel modo de convertir el mundo en un
gigantesco complot criminal que hallaría eco en la novela y el folletín
decimonónico y sería la mecha de futuros incendios, se extendió como la fiebre
de Malta -la fiebre de Malta estaba de moda en el siglo XIX-.
No
hay consuelo más hábil que el pensamiento de que no elegimos nuestras
desdichas. En un mundo sin Dios la idea de la conjura universal pasó a ser un
breviario que enseñaba que por detrás de toda la historia latía una misteriosa,
oscura y poderosa fuerza y que ésta tenía en sus manos el destino del hombre,
disponía de las fuentes del poder, desencadenaba las guerras y las rebeliones,
las revoluciones y las tiranías. La Revolución Francesa, las agitaciones
políticas del siglo XIX, el canal de Panamá, la Primera Guerra Mundial, el
tratado de Versalles, la República de Weimar, la Sociedad de Naciones y el
metro de París -que un agente secreto del zar veía como una laguna debajo de
los muros de la ciudad, gracias a la cual se harían saltar las capitales
europeas- eran obra suya. Toda esta representación paranoica produciría una
enorme risotada si la figura de la amenaza, si el fantasma de la conjura, no
hubiera resultado el mejor aliado de los dictadores del siglo XX en su ascenso
al poder: el complot, se decía, había penetrado en el tejido social y debía ser
exterminado. Las escenas, sin embargo, iban a ser reales: pogromos, trenes,
cadáveres...
Las
escenas también iban a ser reales en España, donde los rumores del complot
llevaban propagándose desde finales del siglo XVIII. Se cierne sobre el mundo,
escribe por aquellos años un tradicionalista, una época implacable. «Hay una
conspiración abiertamente decidida contra Dios y contra Cristo, que por todos
los medios trata de abolir la religión, que para este medio envía emisarios por
todas las provincias...», redacta un espía de Carlos IV. La conspiración pronto
tendría un nombre -masonería- y no pocos tradicionalistas y conservadores
harían de ella la clave de la interpretación de la sociedad, etiquetando de
masón o conjurado a todo aquel que se mostrara partidario del pensamiento
moderno o extranjero y reprochándosele todos los males que sufría el país. A
modo de epílogo, en 1936 los generales rebeldes se presentarían ante el mundo
como el seguro médico de la sociedad contra el imperio de los conspiradores
masones, comunistas y judíos. El eco del complot tomaba forma en la tenebrosa
vía de los juzgados, en su sollozo de hierro.
La
gente se olvida a menudo de que la realidad no tiene la menor obligación de ser
interesante y está dispuesta a creer en cualquier intriga; de ahí el gran éxito
que ha cosechado el fantasma del complot en la historia moderna de Europa; de
ahí también su supervivencia. Los tiempos, no obstante, cambian, y si en el
pasado de España el complot fue un relato ideado por la reacción, hoy es una
novela escrita por la izquierda.
Según
una teoría recientemente ilustrada por nuestros eternos progresistas, en España
existe hoy una conspiración neofranquista destinada a desguazar la democracia;
una conjura cósmica tramada en lo secreto y oculto; un deseo nostálgico de
hacer desfilar a las JONS por las viejas calles del viejo Madrid. La
frustración de expectativas durante la Transición, la caída socialista, el
ascenso de Aznar al poder, el transfuguismo sonámbulo de algunos políticos, las
entrevistas secretas con ETA y las crecientes e insaciables demandas de los
nacionalistas de la periferia, serían obra suya. Literatos, historiadores,
periodistas, miembros del Opus Dei, ministros, alcaldes, espías, empresarios,
víctimas del terrorismo... figurarían, según parece, en la lista de conjurados.
Lo
ridículo y más grave de toda esta concepción paranoica de la sociedad no es que
se niegue lo que es y se explique lo que no es. Lo más grave es que presentar a
los actuales defensores de la Constitución y del espíritu que ésta forma como
conjurados antidemócratas y peligrosos neofranquistas, como siniestros
fascistas que han penetrado en el tejido del poder y deben ser extirpados, crea
un ritmo de deslegitimación del adversario político que amenaza con hacer
imposible la democracia. Sostener, ligeramente, esta tesis entraña un riesgo.
Si hay algo que enseña la historia del siglo XX es que las democracias terminan
derrumbándose, no por culpa del patetismo hueco de los revolucionarios, sino
por culpa del escepticismo irónico de quienes deberían haber constituido su
fiel apoyo.
Primeros
decretos del nuevo Gobierno
Comité
político de la República
DECRETO.-
El Gobierno provisional de la República ha tomado el Poder sin tramitación y
sin resistencia ni oposición protocolaria alguna, es el pueblo quien le ha
elevado a la posición en que se halla, y es él quien en toda España le rinde
acatamiento e inviste de autoridad. En su virtud, el presidente del gobierno
provisional de la República, asume desde este momento la jefatura del Estado
con el asentimiento expreso de las fuerzas políticas triunfantes y de la
voluntad popular, conocedora, antes de emitir su voto en las urnas, de la
composición del Gobierno provisional.
Interpretando
el deseo inequívoco de la Nación, el Comité de las fuerzas políticas coaligadas
para la instauración del nuevo régimen, designa a don Niceto Alcalá Zamora y
Torres para el cargo de presidente del gobierno provisional de la República.
Madrid,
catorce de abril de mil novecientos treinta y uno.
Por
el Comité, Alejandro Lerroux, Fernando de los Ríos, Manuel Azaña, Santiago
Casares Quiroga, Miguel Maura, Alvaro de Albornoz, Francisco largo Caballero.
Presidencia
del Gobierno provisional de la República
DECRETO.-
Usando del poder que en nombre de la nación me ha conferido el Comité de las
fuerzas políticas coaligadas, para la implantación de la República, triunfante
en la elección popular, vengo en nombrar Ministro de Estado a don Alejandro
Lerroux y García.
Dado
en Madrid, a catorce de abril de mil novecientos treinta y uno. El Presidente
del Gobierno provisional de la República, NICETO ALCALA-ZAMORA Y TORRES.
Gobierno
provisional de la República
DECRETO.-
El Gobierno provisional de la República, al recibir sus poderes de la voluntad
nacional, cumple con un imperioso deber político al afirmar ante España que la
conjunción representada por este Gobierno no responde a la mera coincidencia
negativa de libertar a nuestra patria de la vieja estructura ahogadiza del
régimen monárquico, sino a la positiva convergencia de afirmar la necesidad de
establecer como base de la organización del Estado un plexo de normas de
justicia necesitadas y anheladas por el país.
El
Gobierno provisional, por su carácter de transitorio de órgano supremo,
mediante el cual ha de ejercer las funciones soberanas del Estado, acepta la
alta y delicada misión de establecerse como Gobierno de plenos poderes. No ha
de formular una carta de derechos ciudadanos, cuya fijación de principios y
reglamentación concreta corresponde a la función soberana y creadora de la
Asamblea Constituyente; mas como la situación de «pleno poder» no ha de
entrañar ejercicio arbitrario en las actividades del Gobierno, afirma solemnemente,
con anterioridad a toda resolución particular y seguro de interpretar lo que
demanda la dignidad del Estado y el ciudadano, que somete su actuación a normas
jurídicas, las cuales, al condicionar su actividad, habrán de servir para que
España y los órganos de autoridad puedan conocer, así los principios directivos
en que han de inspirarse los decretos, cuanto las limitaciones que el Gobierno
provisional se impone.
En
virtud de las razones antedichas el Gobierno declara:
1.:
Dado el origen democrático de su poder y en razón del responsabilismo en que
deben moverse los órganos del Estado, someterá su actuación colegiada e
individual al discernimiento y sanción de las Cortes Constituyentes -órgano
supremo y directo de la voluntad nacional-, llegada la hora de declinar ante
ella sus poderes.
2.:
Para responder a los justos e insatisfechos anhelos de España, el Gobierno
provisional adopta como norma depuradora de la estructura del Estado, someter
inmediatamente, en defensa del interés público, a juicio de responsabilidad los
actos de gestión y autoridad pendientes de examen al ser disuelto el Parlamento
en 1923, así como los ulteriores, y abrir expediente de revisión en los
organismos oficiales, civiles y militares, a fin de que no resulte consagrada
la prevaricación ni acatada la arbitrariedad, habitual en el régimen que
termina.
3.:
El Gobierno provisional hace pública su decisión de respetar de manera plena la
conciencia individual mediante la libertad de creencias y cultos, sin que el
Estado en momento alguno pueda pedir al ciudadano revelación de sus
convicciones religiosas.
4.:
El Gobierno provisional orientará su actividad, no sólo en el acatamiento de la
libertad personal y cuanto ha constituído en nuestro régimen constitucional el
estatuto de los derechos ciudadanos, sino que aspira a ensancharlos, adoptando
garantías de amparo para aquellos derechos, y reconociendo como uno de los
principios de la moderna dogmática jurídica el de la personalidad sindical y
corporativa, base del nuevo derecho social.
5.:
El Gobierno provisional declara que la propiedad privada queda garantizada por
la ley, en consecuencia, no podrá ser expropiada, sino por causa de utilidad
pública y previa la indemnización correspondiente. Mas este Gobierno, sensible
al abandono absoluto en que ha vivido la inmensa masa campesina española, al
desinterés de que ha sido objeto la economía agraria del país, y a la
incongruencia del derecho que la ordena con los principios que inspiran y deben
inspirar las legislaciones actuales, adopta como norma de su actuación el
reconocimiento de que el derecho agrario debe responder a la función social de
la tierra.
6.:
El Gobierno provisional, a virtud de las razones que justifican la plenitud de
su poder, incurriría en verdadero delito si abandonase la República naciente a
quienes desde fuertes posiciones seculares y prevalidos de sus medios, pueden
dificultar su consolidación. En consecuencia, el Gobierno provisional podrá
someter temporalmente los derechos del párrafo cuarto a un régimen de fiscalización
gubernativa, de cuyo uso dará asimismo cuenta circunstanciada a las Cortes
Constituyentes.
NICETO
ALCALA-ZAMORA, Presidente del Gobierno provisional; Alejandro Lerroux, Ministro
de Estado; Fernando de los ríos, Ministro de Justicia; Manuel Azaña, Ministro
de la Guerra; Santiago Casares Quiroga, Ministro de Marina; Miguel Maura,
Ministro de la gobernación; Alvaro de Albornoz, Ministro de fomento; Francisco
largo Caballero, Ministro de Trabajo..
Presidencia
del Gobierno provisional de la República
DECRETOS.-
El Gobierno de la República Española, teniendo en cuenta que los delitos
políticos, sociales y de imprenta responden generalmente a un sentimiento de
elevada idealidad; que los hechos más recientes de ese orden han sido
impulsados por el amor a la libertad y a la patria, y, además, legitimados por
el voto del pueblo, en su deseo de contribuir al restablecimiento y afirmación
de la paz pública, decreta, como primera medida de su actuación, lo siguiente:
Artículo
1.: Se concede la más amplia amnistía de todos los delitos políticos, sociales
y de imprenta, sea cual fuere el estado en que se encuentre el proceso, incluso
los ya fallados definitivamente, y la jurisdicción a que estuvieren sometidos.
Se
exceptúan únicamente los delitos cometidos por los funcionarios públicos en el
ejercicio de sus cargos y los de injuria y calumnia a particular perseguidos en
virtud de querella de éstos.
Artículo
2.: Por los Ministerios de Justicia, Guerra y Marina se dictarán las
disposiciones aclaratorias mediante las cuales se resuelvan las dudas que
surjan y el alcance de la amnistía.
Por
los mismos Departamentos se preparará con urgencia un indulto general que
reduzca la severidad de las condenas y haga partícipe a la población penal de
la satisfacción del país.
Dado
en Madrid, a catorce de abril de mil novecientos treinta y uno.
El
Presidente del Gobierno provisional de la República, NICETO ALCALA-ZAMORA Y
TORRES.
*****************************
Recogiendo
el Gobierno provisional de la República la aspiración popular, deseoso de que
se solemnice la instauración del nuevo régimen y el alto ejemplo que supone
haberlo llevado a cabo por consciente, legal y ordenada expresión de
ciudadanía, decreto lo siguiente:
Artículo
único. El día 15 de abril de 1931 se declara fiesta nacional y en los años
sucesivos lo será el 14 del mismo mes, conmemorándose el establecimiento de la
República.
Dado
en Madrid, a catorce de abril de mil novecientos treinta y uno.
El
Presidente del Gobierno provisional de la República, NICETO ALCALA-ZAMORA Y
TORRES.
(Gaceta
de Madrid, 15 de abril de 1931.)
La Generalidad acepta restringir sus poderes,
tras gestiones del Gobierno central.
A
las ocho de la noche fue facilitada a los periodistas la anunciada nota, que
está concebida en los siguientes términos:
«En
los primeros momentos de recobrar libertades que siglos ha no teníamos, es
preciso no dejarnos amenguar un solo instante el entusiasmo de la victoria ni
el enardecimiento para las un nuevas batallas.
»Hoy
por hoy nuestro problema va ligado a otro factor, sobre todo en estos momentos
de revolución, de esta revolución que hemos hecho unidos con los hermanos de
espíritu libre del resto de España y que ha terminado con la Monarquía
española. Esto hace que nos hayamos visto inclinados, por solidaridad
republicana y por espíritu del propio interés, a privarnos, por breve
interinidad, de una parte de aquella soberanía a la cual tenemos derecho.
»Y
esta limitación, aceptada siempre, pero de una manera activa y aprovechándola
para intensificar la fe y la confianza en nuestros principios y la preparación
de medios para obtenerla, puede constituir una mayor garantía para nuestra
victoria final.
»Esto
es lo que hemos de hacer, mientras esperamos las Cortes Constituyentes, a las
cuales hemos de llevar el plebiscito de nuestro pueblo, plebiscito que en este
plazo de espera hemos de fortalecer más todavía y garantizarlo en el sentido de
defensa de las propias libertades que por él expresará libremente el pueblo de
Cataluña.
»Pronto
llamaremos a este plebiscito a todos los representantes de los Ayuntamientos de
Cataluña para que vengáis a ratificar nuestra obra revolucionaria. Tan sólo así
afirmaremos la República naciente que, una vez consolidada, permitirá articular
mejor nuestras libertades con aquella Confederación Hispánica, que siempre
hemos preconizado.- Francisco Maciá.»
(La
Vanguardia, 28 de abril de 1931.)
Arreglo
provisional de diferencias entre el Gobierno de la República y la Generalidad
de Cataluña
Consecuente
el Gobierno provisional de la República con los acuerdos que precedieron al
movimiento implantador de aquélla y deseoso de mantener la cordialidad que
viene afirmándose en sus relaciones como Poder central con la Generalidad de
Cataluña, ha distinguido clara y precisamente, según recientes manifestaciones
en relación con el decreto aprobado por aquélla en 28 de abril último, la parte
que corresponde a la vida interna de la misma Generalidad, a la que en modo
alguno tocan ni afectan las disposiciones de este decreto, y aquella otra de
relaciones con el mismo Gobierno provisional de la República en las que por
tratarse de atribuciones del Estado, conforme a la legislación aún vigente,
reconocen el común asenso que debe ser resuelto por la presente disposición,
considerando como un proyecto los artículos del mencionado decreto de abril que
con tal problema de deslinde y coordenación se relaciona.
Considerando
el decreto como un proyecto en esa parte, la comunicación cordial que este
Gobierno mantiene con la Generalidad ha recogido de la misma otras manifestaciones
aclaratorias y complementarias, cuyo resultado, tras la meditación, detenida
por la importancia y fácil por la claridad, se fija como régimen provisional en
las disposiciones del presente decreto.
Por
todo ello, el Gobierno provisional de la República decreta:
Artículo
1.: Las disposiciones del presente decreto en nada afectan ni aportan
modificación alguna a los artículos 2.:, 4.:, 8.:, 9.: hasta el 22 inclusive,
apartados c) y d), 23 al 26 inclusive, del decreto de la Generalidad de Cataluña
fecha 28 de abril último, en que aquélla ha desenvuelto y regulado, como mejor
estimó, su organización y atribuciones provisionales de vida peculiar de
Cataluña, que el Gobierno provisional de la República reconoce y respeta. Queda
asimismo reconocida, mientras dure el régimen provisional, la facultad de que
se ha hecho uso en el artículo 1.: de dicho decreto para organizar, y en su
caso modificar, como mejor apreciare la Generalidad, la estructura de su
peculiar Gobierno y entidades o funcionarios que la completen y la sirvan. Del
propio modo, las disposiciones del presente decreto en nada alteran el artículo
3.: del de la Generalidad, que distribuye entre los consejeros y departamentos
de la misma los respectivos asuntos. Queda aclarado tan sólo en relación con la
misma, que el ministerio fiscal, en los tribunales de Cataluña, deberá,
conforme a su organización jerárquica, al atender los requerimientos de la
Generalidad, ponerlos en conocimiento, cuando por la ley proceda, del fiscal
general de la República.
Art.
2.: Sin perjuicio de la facultad que expresamente se reconoce a la Generalidad
de Cataluña para proponer modificaciones urgentes y necesarias de la
legislación vigente, para las cuales fuera dañoso aguardar a la reunión de las
Cortes, se entenderá que subsisten las anteriores y generales del Estado, con
la delimitación de facultades que en ellas se contuvieren, mientras no sean
modificadas. Sin embargo, en todas aquellas materias en que las autoridades
dependientes del Gobierno provisional de la República actuaran según las leyes
antiguas vigentes, como superiores jerárquicos de corporaciones locales o en
función tutelar de las mismas, deberá procurar el informe de la Generalidad de
Cataluña o del funcionario o Comisión a quien ésta hubiera transmitido tal
encargo. Del propio modo se entenderá que cuando una ley o reglamento exigieran
la audiencia o informe de la Diputación o Comisión provincial, deberán las
autoridades dependientes del Gobierno provisional consultar previamente a la
Generalidad de Cataluña. Corresponde asimismo a la Generalidad acudir o
dirigirse al Gobierno provisional de la República proponiendo la revocación de
las resoluciones que, según ley, sean susceptibles de enmienda en vía
gubernativa, y que, dictadas por las autoridades dependientes del Gobierno
provisional de la República, estime aquélla injustas y lesivas para el interés
general de Cataluña o de alguna de sus comarcas o municipios.
Art.
3.: La Generalidad de Cataluña podrá proponer al Gobierno provisional de la
República las modificaciones urgentes y necesarias a que alude el artículo
anterior, ya en cuanto al fondo de las disposiciones, ya en cuanto a la
delegación de autoridad, y el Gobierno provisional de la República, oyendo a
aquélla y procurando en cuanto fuere posible el acuerdo, dictará el decreto o
preparará el proyecto de ley, publicando aquél, cuando recaiga, en la Gaceta,
en el Boletín de la Generalidad y en los oficiales de Barcelona, Gerona, Lérida
y Tarragona.
Art.
4.: El presidente de la Generalidad de Cataluña, o quien le sustituya, deberá
concurrir a la Junta de autoridades que por motivos de orden público proceda
convocar en Barcelona, ejerciendo, como los demás, la facultad de iniciativa.
Los comisarios de la Generalidad a que se refieren los artículos 25 y 26 del
decreto de la misma, tendrán igual facultad en Gerona, Lérida y Tarragona.
Cuando la Generalidad, para el mantenimiento del orden o por conflicto con éste
relacionados estime oportuno requerir a las autoridades encargadas por la
legislación actual de mantener aquél, podrá hacerlo, y las mismas, dentro de su
deber y bajo su responsabilidad, ante el Gobierno provisional de la República,
prestarán el auxilio y adoptarán las medidas que las circunstancias aconsejen,
debiendo prestar a la Generalidad en el ejercicio de las atribuciones de ésta
el concurso que para su eficacia necesite.
Art.
5.: A los efectos del apartado a) del artículo 22 del repetido decreto, se
entenderá que la ponencia y Gobierno de la Generalidad a que allí se alude, a
más de expresar en el proyecto de estatuto las atribuciones reservadas al Poder
central de la República, deberán también destacar aquéllas que se consideren
privativas e indispensables para el Gobierno peculiar de Cataluña. Con el
proyecto que se votare, se publicarán los votos particulares, si los hubiese. A
los efectos del apartado b) del mismo artículo 22, se entenderá que el proyecto
de estatuto a que alude, una vez votado por la Diputación provisional, se
someterá al plebiscito de los ayuntamientos y luego al referéndum de Cataluña
en voto particular directo.
Dado
en Madrid, 9 de mayo de 1931.- El Presidente del Gobierno provisional de la
República, NICETO ALCALA-ZAMORA Y TORRES.
(El
Sol, 10 de mayo de 1931.)
Desórdenes
antimonárquicos en Madrid. Quema de conventos.
A
la una de la madrugada del domingo recibió el ministro de la Gobernación a los
periodistas, a los que hizo el relato siguiente:
«Habían
solicitado los de la Acción monárquica independiente permiso para celebrar una
reunión en su local social, que se les ha concedido dentro de la ley. Nadie
tenía noticia de que dicha reunión se celebraba, y poco después de mediodía, un
grupo de jóvenes salió de dicho domicilio social dando gritos de «¡Viva el
Rey!» y «Muera la República!». Los mecánicos de los taxis que estaban frente a
dicho edificio gritaron «¡Viva la República!» y fueron agredidos por los
monárquicos. La gente se arremolinó y formó un grupo compacto, que en protesta
airada quiso asaltar el edifico. Se cerraron las puertas y acudieron fuerzas de
Seguridad. El grupo llegó a tener poco más de mil personas, y poco después el
ministro de la Gobernación pasaba por el lugar del suceso y se enteraba de lo
ocurrido.
»Apenas
llegado al ministerio de la Gobernación, dio las órdenes necesarias para lograr
estas dos cosas: que el local fuera desalojado sin daño para las personas y que
fueran detenidos los responsables del tumulto, que con sus gritos subversivos
habían producido la excitación de los ciudadanos.
»Fueron
desalojadas poco a poco las personas del local y conducidas algunas a la
Dirección General de Seguridad en un camión de este centro. A las cinco de la
tarde, el ministro de la Gobernación volvió al lugar del suceso y dirigió la
palabra a la muchedumbre, rogándole que se retirase y que dejase a la Guardia
Civil cumplir su cometido de conducir a los últimos detenidos a la Dirección
General de Seguridad. La multitud permanecía estacionada en actitud hostil ante
el edificio. A las cinco y media se había disuelto sin más incidentes que haber
quemado dos automóviles, propiedad uno de don Juan Ignacio Luca de Tena y otro
cuyo propietario se ignora.
»A
las tres y media de la tarde una manifestación numerosa se dirigió al periódico
ABC en son de protesta, acercándose a la puerta, llamando para que se les
abriera, y parece que intentaron quemarla, rociándola previamente con algún
combustible.
«En
ese momento, desde las ventanas altas del edificio se hicieron varios disparos
contra la muchedumbre, resultando herido de un balazo el portero del número 68
de la calle de Serrano, y un muchacho de trece años. Fueron trasladados a la
policlínica de la calle de Tamayo, donde se le dio la asistencia facultativa
necesaria.
»Al
tener el ministro de la Gobernación noticia de los sucesos requirió al fiscal
de la República para que a su vez requiriera del juez un mandamiento judicial
para practicar un registro en ABC y en su caso para la clausura del local.
»Fuerzas
de la Guardia civil y comisarios de la Policía, con el oportuno mandamiento
judicial, fueron a ABC y practicaron el registro, que a primera hora de la
madrugada, hora en que el ministro dicta estas líneas, parece que no ha
terminado, pero se han encontrado, en efecto, algunas armas.
»En
vista de esto, el ministro, amparado por la orden del juez, ha dispuesto que
esta misma noche queden clausurados el periódico y la Redacción y sea detenido
don Juan Ignacio Luca de Tena, que, según noticias que el ministro tiene,
quedará a disposición del director general de Seguridad en plazo brevísimo,
dentro de esta misma noche, y dar comienzo el proceso para indagar las
responsabilidades, no sólo por lo ocurrido hoy, sino también por la insistente
campaña de provocación y alarma que ese periódico viene realizando.
En
todo el resto de la tarde, grupos de ciudadanos han recorrido las calles de
Madrid en manifestación pacífica, salvo algunos pequeños incidentes que carecen
en absoluto de importancia, como por ejemplo el asalto a una armería, que fue
reprimido por la fuerza pública, que ha causado dos heridos a los asaltantes.
El
Gobierno ha mostrado en el día de hoy con su tacto y prudencia hasta dónde
llega en su respeto al deseo legítimo del pueblo de manifestar su protesta;
pero por lo mismo, teniendo plena conciencia de cuál es su responsabilidad y su
deber, tiene derecho a exigir de todos sus correligionarios, sin distinción de
matices, la confianza en su actuación, y declara que quienes intentaran el
lunes continuar manifestando en forma tumultuaria sus deseos o protestas no
pueden ser servidores de la causa que la República representa, sino enemigos
declarados de ella, que, viniendo de la derecha o de la izquierda, pretenden
socavar su autoridad, y siendo así, está decidido a no consentir en el día de
mañana ningún género de manifestaciones colectivas en la calle
»El
Consejo de ministros, que se reúne mañana, como estaba anunciado, adoptará por
su parte las determinaciones enérgicas que procedan para cortar de raíz todo
intento, venga de donde viniere, y el Gobierno sabe de dónde viene, de reacción
monárquica o extremista de la izquierda.
»Los
detenidos hasta la fecha son alrededor de una docena, entre los cuales están
los jóvenes hermanos Mirallles, que pistola en mano se dedicaban, tras los
árboles de la calle de Serrano, a disparar contra el pueblo.
»No
tiene el ministro en este momento la lista con los nombres de todos.
El
ex ministro señor Matos, que pasaba por la calle de Alcalá en el momento del
tumulto, fue agredido por la muchedumbre, que lo reconoció, y amparado por el
señor Sánchez Guerra padre, primero, y después por el hijo, el subsecretario de
la Presidencia, y custodiado por la misma masa popular, fue acompañado hasta la
Dirección de Seguridad y quedó allí por su propia voluntad.»
(El
Sol, 11 de mayo de 1931.)
De
los ciento setenta conventos que existen en Madrid, según el director de
Seguridad, han quedado destruidos seis.
Durante
toda la tarde el público ha desfilado por frente a los conventos incendiados en
una incesante procesión de curiosidad. Desde la terraza del Palacio de la
prensa el espectáculo era extraordinario. Sobre el plano de la población, por
encima de los tejados se divisaban las columnas de humo que despedían los
incendios del colegio de las Maravillas, en los Cuatro Caminos; del Instituto
Católico de la calle de Alberto Aguilera, de los Carmelitas de Santa Teresa, en
la plaza de España, y el de la Residencia de Jesuítas de la calle de la flor.
A
última hora de la tarde el director general de Seguridad recibió a los
periodistas, manifestándoles que en Madrid existían 170 conventos, de los
cuales habían sido incendiados el de Salesianos, en la calle de Villamil; el de
Maravillas, en Bravo Murillo; Carmelitas de la plaza de España, Instituto
Católico de Alberto Aguilera y otro de la calle de Martín de los Heros. También
se intentó incendiar, aunque fueron librados de este peligro, el de los Paúles
de la calle de García Paredes, Trinitarias de Marqués de Urquijo; los Luises,
en la calle de Cedaceros; el de Jesús, en la plaza del mismo nombre; otro de
Carmelitas, en la calle de Ayala; de San José de Calasanz en la calle de
Torrijos; otro de monjas en la calle de San Bernardo, el del Buen Suceso, el de
Caballero de Gracia y otro de la calle de Evaristo San Miguel.
En
el de Trinitarias de la calle del Marqués de Urquijo, como ya referimos en otro
lugar, fueron libertadas por las masas las acogidas sometidas a corrección en
dicho establecimiento. También el público hizo evacuar un convento de monjas
sito en la calle Ancha, 86; el de San Plácido, en la calle de San Roque, las
monjas del Servicio Doméstico de la calle de Fuencarral, los frailes de la
fundación Caldeiro, las Trinitarias de Lope de Vega y las monjas del Sagrado
Corazón. En el resto, hasta el número de 170, que hemos dicho, no ha ocurrido
novedad alguna.
Durante
la tarde se pudo ver por las calles a muchas monjas vestidas con el traje
seglar, que se dirigían a diversas casas para buscar refugio en ellas. El
director general de Seguridad manifestó que las fuerzas del Ejército
patrullaban y prestaban servicio de vigilancia en diversos puntos, y que no
ocurrió nada más de particular, sin que tuviera noticias de que en provincias
hubiera ocurrido anormalidad alguna. A la Dirección de Seguridad llegan algunas
personas de las que tenían algún pariente en los conventos, y cuyo paradero
ignoran de momento, para obtener en este centro oficial algunas noticias.
(El
Sol, 11 de mayo de 1931.)
El
Gobierno de la República, por boca del señor Alcalá Zamora, se manifiesta
contra la extrema derecha e izquierda
«El
Gobierno de la República, desde el primer instante de su advenimiento, ha
querido comunicar con el país, enterándole de las noticias gratas y de los
hechos adversos, de los motivos de satisfacción y de aquellos que hondamente le
apenan.
»El
día de hoy, continuación de la jornada de ayer, el Gobierno lo lamenta, y está
dispuesto a reprimir y a impedir la continuación de los sucesos. En la
unanimidad esencial y completa del Gobierno, que representa diversas
tendencias, no hay la menor diferenciación para condenar los hechos ocurridos;
hoy, igual que los creyentes, los deploran, los condenan, los ministros que en
la plena libertad espiritual que caracteriza y proclama este Gobierno tienen
otra representación. Los hechos ocurridos hoy no son ni privativos de régimen
republicano ni desconocidos en la Historia de España. Han tenido lugar bajo
otras formas de Gobierno con mayor violencia, con otra intensidad, con
repetición durante varios días y con excesos en las personas y en las cosas, de
que se han visto libres los sucesos que han tenido lugar en el día de hoy en
Madrid.
»EI
Gobierno, que no ha perdido ni un momento la serenidad ni el dominio de los
resortes que están a su alcance, aunque procurara sorprenderle el rumbo y la
preparación de los acontecimientos, queda tranquilo de haber evitado días de
luto, jornadas de sangre, aun cuando conserve el sentimiento de que en su
batalla para defender el orden público no pudiera llegar con toda la eficacia
de sus órdenes y de sus deseos a reprimir los excesos en propiedades, que todas
son sagradas y que las atacadas lo son bajo otro aspecto que afecta a las
creencias de muchas personas.
»El
Gobierno afirma su inquebrantable propósito de utilizar para ello todos los
resortes y los medios que la ley le dé y que están en su mano.
»Con
él no ampara un interés, no sirve una tendencia; defiende a la República y
salva el interés nacional de España. En la culpa de lo ocurrido hay que
destacar enemigos del régimen de una y otra tendencias. Hemos asistido al
choque, que a veces es coincidencia y que en ciertas ocasiones, por absurdo que
parezca, puede ser hasta alianza de enemigos que procuran flanquear a la
República por la derecha y por la izquierda. Ha habido la torpe provocación de
elementos monárquicos, que hicieron un cálculo aproximado, aunque deficiente,
de toda la impopularidad de su significación y de toda la reacción que iban a
provocar; ha habido también la temeridad de elementos extremistas, que
queriendo desbordar la República en otra dirección, han aprovechado la
indignación explicable y legítima del pueblo republicano, de la masa de los
partidos republicanos y socialistas, para derivar la indignación por otros
caminos.
»El
Gobierno, que sabe los inconvenientes de estar flanqueado por dos fuerzas
enemigas, conoce también la táctica para seguir adelante y para desbaratar los
planes de una y de otra. Más que la agresión de los adversarios monárquicos y
de los adversarios extremistas, lamentaría la ofuscación de los elementos
sincera y honradamente republicanos, que pueden perder la serenidad manejados
por los unos o por los otros. A ellos y a los socialistas, de cuya disciplina
estamos seguros, se dirigen para que no sirvan ninguna maniobra tortuosa,
vuelvan al trabajo, vuelvan a la normalidad y deshagan el juego de cuantos son
adversarios de la República.
»En
esta significación, quiere decir el Gobierno que así como fue el honor del
régimen mantenido desde el primer instante, prolongado hasta el día de ayer que
la República surgió, era sin un tumulto, sin la agresión al derecho de nadie,
sin el ataque a la significación de ninguno, con los comercios abiertos y con
todos los ciudadanos en la calle. La tristeza para ella es que ese espectáculo
se perturbe, y la resolución del Gobierno de que como en régimen de democracia
la calle es de todos, y para ser de todos no puede ser de los alborotadores, y
en nombre del país, quien tiene que asegurar el libre disfrute de cada uno es
el propio Gobierno.
»El
Gobierno, sin obedecer a presión alguna, desenvolviendo un plan perfectamente
meditado antes de su constitución, ha ido adoptando y en el día de hoy ha
tomado varios acuerdos que responden al ansia legítima de la verdadera opinión
republicana del país. El Gobierno comprende toda la equivocación que ha podido
inducir a la masa la maniobra intencional de ayer; el Gobierno se hace cargo de
todo el daño que ha podido producir también la aquiescencia a aquellos hechos
tristísimos de Huesca y de Jaca, que aún sangran en la conciencia del país, y
ha tomado las determinaciones legitimas que satisfagan el verdadero espíritu
republicano; la libertad que, con precipitación extraña, se concedió al general
Berenguer, ha sido rectificada por medidas de gobierno, ingresando en Prisiones
Militares en virtud de medidas legítimas y preparándose por el señor fiscal del
Tribunal Supremo el ejercicio de acciones penales que desde hace varias semanas
había empezado a redactarse y documentarse con la justificación necesaria
contra todos los abusos de la Dictadura, sin olvidar ninguno de ellos, ni
siquiera el atropello del Ateneo ni algún otro que en recientes despachos el
celo del Gobierno y de sus subordinados descubrió como indicio de falsedad y de
favoritismo en la obra del Gobierno; al propio tiempo, respondiendo a la
significación que tiene el sentido de justicia civil, a la aspiración del país,
el Gobierno ha decretado la unificación de fueros, reduciendo la justicia
militar a los límites estrictos y disolviendo el Consejo Supremo de Guerra y
Marina, que sobre no responder a una buena organización jurídica, no había
sabido reflejar el sentimiento de la conciencia jurídica española; pero el
Gobierno todas estas medidas las ha tomado y las toma dentro del cauce de la
ley. Responsabilidades, sí; ante Tribunales de excepción, no; con toda la
severidad de la ley restablecida, sí, con legislación de venganza retroactiva,
no.
»El
Gobierno quiere salvar la República y no quiere deshonrarla ni comprometerla
con arbitrariedades que lleven el sello de la venganza y la marcha de la
imprevisión.
»El
hombre que habla al país se da cuenta de que por azares de la fortuna le acoge
hoy y le ampara una popularidad máxima que no podía soñar. Pues bien: para
merecerla tiene que comprometerla sirviendo su conciencia y no las voces de la
populachería. Os he dicho y os repito que responsabilidades, sí; Tribunales de
excepción, no; leyes preestablecidas, sí; venganza con efecto retroactivo, no,
porque eso seria deshonrar a la República. Libertad de conciencia y ejercicio
de cultos como conquista de la civilización jurídica, se incorporarán a nuestro
Código fundamental; pero, en nombre de ellas mismas, amparo a todo lugar donde
se eleve la oración de Dios, cuidando de evitar que allí se profane con la
mezcla de otros intereses, de otras ambiciones o con la torpe adhesión a
instituciones caedizas o caídas.
»Pero
todavía, al afirmar que la tranquilidad está restablecida; al dar esa sensación
a España, el hombre que sabe que goza de popularidad y no tiene inconveniente
en comprometerla para dejar a salvo la conciencia, previene a la opinión
española contra todos aquellos que, a título de conquista democrática o de
salvaguardia de la República, piden insensatamente el desarme de la Guardia
Civil, no. Yo tengo el deber de hacer justicia a la Guardia Civil y de
tributarle, no el elogio del halago, pero sí discernir la recompensa que merece.
La Guardia Civil, contra lo que digan los agitadores, no era instrumento de la
Dictadura, sino el medio en el cual inevitablemente se reflejaban las torpezas
de aquel sistema de gobierno. La Guardia Civil tiene en su haber y en su gloria
haber sido instrumento adicto al régimen constitucional y dispuesto incluso el
13 de septiembre de 1923, si hubiera habido decisión en los gobernantes, a
aplastar a la Dictadura en su nacimiento y haber salvado el imperio de la
Constitución. La Guardia civil ha sido el primer Cuerpo del Ejército que el día
14 de abril se puso a disposición del Gobierno republicano, y al mediodía,
cuatro horas antes de tomar posesión del Poder, estábamos seguros de la lealtad
y del concurso de aquel instrumento. La Guardia civil fue la que abrió las
puertas de Gobernación y la primera que rindió honores y presentó sus armas
ante el Gobierno revolucionario que en nombre del pueblo tomó posesión de aquel
edificio; la Guardia Civil, en la jornada de ayer, ha dado el ejemplo más
hermoso de disciplina, de adhesión la más leal, la más probada, resistiendo el
insulto, resistiendo el ataque, serena en la confianza de su valor, siempre
mostrado; abnegada en el heroísmo que pasivamente obedece, dispuesta a
restablecer con prudencia el imperio de la ley cuando la necesidad lo reclame.
«La
Guardia Civil supo ser constitucional y ha sabido ser republicana; y yo, sea
cual fuere la murmuración que contra mí dirija el odio de los agitadores,
prevengo al pueblo de que la Guardia civil, leal al Gobierno, es un instrumento
que sabrá defender y salvar la República de cualquier peligro que la aceche.
»Y
ahora, a todos. Al lado del Gobierno, respetando el derecho, volved al trabajo,
dejad solos en las calles a los conspiradores monárquicos y a los agitadores que
hacen su juego en extrema izquierda. La masa, apartada, tranquila, confiando en
nuestra justicia; si la fuerza tiene que intervenir, que sea frente a quienes
merezcan y motiven su empleo. Pocos enemigos y conocidos. Los inocentes, la
masa general del país, que no se mezcle con ellos. La tranquilidad está
restablecida; el Gobierno amparará el orden.
»Jornadas
en desprestigio de la República no se consienten. La gloria con que nació hemos
de procurar que se conserve.»
(El
Sol, 12 de mayo de 1931.)
La Agrupación al Servicio de la
República condena los sucesos
La multitud esótica e informe no es
democracia, sino carne consignada a tiranías.- Unas cuantas ciudades de la
República han sido vandalizadas por pequeñas turbas de incendiarios. En Madrid,
Málaga, Alicante y Granada humean los edificios donde vivían gentes que, es
cierto, han causado durante centurias daños enormes a la nación española, pero
que hoy, precisamente hoy, cuando ya no tienen el Poder público en la mano, son
por completo innocuas. Porque eso, la detentación y manejo del Poder público,
eran la única fuerza nociva de que gozaban. Extirpados sus privilegios y mano a
mano con los otros grupos sociales, las Ordenes religiosas significan en España
poco más que nada. Su influencia era grande, pero prestada: procedía del
Estado. Creer otra cosa es ignorar por completo la verdadera realidad de
nuestra vida colectiva.
Quemar, pues, conventos e iglesias no
demuestran ni verdadero celo republicano ni espíritu de avanzada, sino más bien
un fetichismo primitivo o criminal que lleva lo mismo a adorar las cosas
materiales que a destruirlas. El hecho repugnante avisa del único peligro
grande y efectivo que para la República existe: que no acierte a desprenderse
de las formas y las retóricas de una arcaica democracia en vez de asentarse
desde luego e inexorablemente en un estilo de nueva democracia. Inspirados por
ésta, no hubieran quemado los edificios, sino que más bien se habrían propuesto
utilizarlos para fines sociales. La imagen de la España incendiaria, la España
del fuego inquisitorial, les habría impedido, si fuesen de verdad hombres de
esta hora, recaer en esos estúpidos usos crematorios.
La bochornosa jornada del lunes queda,
en alguna parte, compensada en Madrid por la admirable del domingo. La
prontitud, espontaneidad y decisión con que la gente madrileña reaccionó ante
la impertinencia de unos caballeritos monárquicos fue una amonestación
suficiente, por el momento, que daba al Gobierno motivo holgado para podar
ejecutivamente su ingénita petulancia. Nada más debió hacerse. De otro modo,
aprenderían un juego muy fácil, consistente en provocar con un leve gesto de
ellos convulsiones enormes en el pueblo republicano. No; si quieren, en efecto,
suscitar en nosotros grandes sacudidas, que se molesten, al menos, en preparar
provocaciones de mayor tamaño. A ver si pueden.
Lo que es preciso evitar de la manera
más absoluta es que falte al Gobierno, ni durante una fracción de segundo, la
confianza en sí mismo y en la plenitud de su representación. Este Gobierno, si
alguno en el mundo, ha sido ungido por la más clara e indiscutible voluntad de
la nación. Los enemigos de la República no han intentado siquiera ponerlo en
duda, cualesquiera que fueren sus ilusiones y sus manejos de otra índole. En
cuanto a los republicanos, es cosa de evidencia rebosante que nadie puede
presumir de haber hecho más por la República que ese grupo de hombres exaltado
hoy a los cargos de ministros y demás oficios gubernativos. Nadie ha trabajado
más por el cambio de régimen; nadie se ha expuesto más entre los españoles
vivientes. Es, pues, intolerable que grupo alguno particular, atribuyéndose con
grotesca arbitrariedad la representación de los deseos nacionales, reclame
tumultuariamente del Gobierno medidas y actuaciones que el capricho haya
inspirado. Son demasiados los millones de españoles los que han votado a la
República para que el montón de unos cientos o unos miles aspire a ser más
España toda que el resto gigantesco. Con toda esta teatralería de vetusta
democracia mediterránea hay que acabar desde luego y sin más. No hay otro
«pueblo» que el organizado. La multitud caótica e informe no es democracia,
sino carne consignada a tiranías.
Por otra parte, esa plenitud de
representación que en el Gobierno reside le obliga a conservar intacto el
depósito soberano de confianza que entera una nación le ha entregado. Es el
Gobierno de todos los que han votado la República, y tiene el deber tremendo de
llegar integro y sin titubeos hasta el momento en que nos devuelva, instaurado,
ya, el nueva Estado: la República española.
Porque de esto se trata estrictamente y
no de anticiparse a calificar esa República con uno u otro adjetivo. Después de
siglos de despotismo franco o disfrazado va España, por vez primera, a decidir
con libertad, e inspirándose en su destino más propio, la organización de su
vida. Por eso es muy especialmente criminal todo intento de tiranizarla de
nuevo imponiéndole formas de imitación. La originalidad, a veces dolorosa, de
nuestra historia, augura con toda probabilidad soluciones y modos nuevos que
pocos sospechan hoy. Por lo menos, no hay gran riesgo en vaticinar que España
no será -como algunos dicen por ahí- una República burguesa. Sólo el
desconocimiento pleno de nuestra conformación histórica puede creer tal cosa.
España, que no ha podido vivir con plenitud, ni siquiera con suficiencia, la
época Moderna, precisamente porque le faltó burguesía, no es verosímil que a
esta altura de los tiempos y bajo una forma republicana resulte, por magia,
constituida en nación específicamente burguesa. Todo anuncia más bien que
España llegue a organizarse en un pueblo de trabajadores. El modo y el camino
para arribar a ello serán, de seguro, distintos de los que se han ideado en
otros pueblos, y sin gesticulación ni violencias revolucionarias. Entre
innumerables razones, hace creer esto que nuestra economía es de un equilibrio
tan inestable, por su escaso volumen, que ya la menor contracción de la riqueza
pública -y todo intento revolucionario la suscitaría- será catastrófica y estrangulará
el conato mismo de desórdenes graves.
Es preciso, por tanto, que de la manera
más inmediata y resuelta impongan el tono de la nueva democracia exacta,
limpia, dura como el metal técnico, cuantos españoles posean la dosis
suficiente de buen sentido, y que no sean pseudointelectuales incapaces de
pensar tres ideas en fila. Hoy no tiene la República más peligros que los
fantasmas.
Nos induce a esta fe, entre otras cosas,
ver cómo los estudiantes, que son, con el grupo de hombres gobernantes, quienes
más hicieron por el advenimiento de la República, han ofrecido una nota
ejemplar con su total ausencia de las asquerosas escenas incendiarias. Pero es
preciso que se preparen para dar a esa ejemplaridad, en el inmediato futuro,
carácter más activo. Tienen que defender fieramente la dignidad de su
República. Fíense de su instinto insobornable, tesoro esencial de la juventud,
del cual ha de emanar el único futuro verdadero. Fíense de él y rechacen todo
lo que es falso, sin autenticidad, como esas falsas representaciones de manidos
melodramas revolucionarios y esas imitaciones insinceras de lo que un pueblo
semiasiático tuvo que hacer en una hora terrible de su Historia. Exijan
implacablemente que se cumpla el estricto destino español, y no otro fingido o
prestado
Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset,
R. Pérez de Ayala.
(El Sol, 11 de mayo de 1931.)
Unamuno
juzga a la situación española en tres artículos
LA
PROMESA DE ESPAÑA
I.
Pleito de historia y no de sociología
Se
ha dicho que la filosofía de la Historia es el arte de profetizar lo pasado;
mas es lo cierto que no cabe profecía ni del porvenir sino a base de Historia,
aunque sin filosofía. Lo que puede prometer la nueva España, la España
republicana que acaba de nacer, sólo cabe conjeturarlo por el examen de cómo se
ha hecho esta España que de pronto ha roto su envoltura de crisálida y ha
surgido al sol como mariposa. El proceso de formación empezó en 1898, a raíz de
nuestro desastre colonial, de la pérdida de la últimas colonias ultramarinas de
la corona, más que de la nación española.
En
España había la conciencia de que la rendición de Santiago de Cuba, en la forma
en que se hizo, no fue por heroicidad caballeresca, sino para salvar la
monarquía, y desde entonces, desde el Tratado de París, se fue formando
sordamente un sentimiento de desafección a la dinastía borbónicohabsburgiana.
Cuando entró a reinar el actual ex Rey, don Alfonso de Borbón y Habsburgo
Lorena, se propuso reparar la mengua de la Regencia y soño en un Imperio
ibérico, con Portugal, cuya conquista tuvo planeada, con Gibraltar y todo el
norte de Marruecos, incluso Tánger. Y todo ello bajo un régimen imperial y
absolutista. Sentíase, como Habsburgo, un nuevo Carlos V. Se le llamó «el
Africano». Atendía sobre todo al generalato del Ejército y al episcopado de la
Iglesia, con lo que fomentó el pretorianimo -más bien cesarianismo- y el alto
clericalismo. Y en cuanto el pueblo proletario hizo que sus Gobiernos, en
especial los conservadores, iniciasen una serie de reformas de legislación social,
con objeto de conjurar el movimiento socialista y aun el sindicalista, que
empezaban a tomar vuelos. Y no se puede negar que a principio de su reinado
gozó de una cierta popularidad, debida en gran parte al juego peligroso que se
traía con sus ministros responsables, de quienes se burlaba constantemente, y
por encima de los cuales dirigía personalmente la política, y hasta la
internacional, que era lo más grave.
Surgió
la Gran Guerra europea cuando España estaba empeñada en la de Marruecos, guerra
colonial para establecer un Protectorado civil, según acuerdos internacionales
desde el punto de vista de la nación, pero guerra de conquista, guerra
imperialista, desde el punto de vista del reino, de la corona. En un documento
dirigido al Rey por el episcopado, documento que el mismo Rey inspiró, se le
llamaba a esa guerra cruzada, y así llamó el Rey mismo más adelante, en un
lamentable discurso que leyó ante el pontífice romano. Cruzada que el pueblo
español repudiaba y contra la cual se manifestó varias veces. Y al surgir la
guerra europea, don Alfonso se pronunció por la neutralidad -una neutralidad
forzada-, pero simpatizando con los Imperios centrales. Era, al fin, un
Habsburgo más que un Borbón. Su ensueño era el que yo llamaba el Vice-Imperio
Ibérico; vice, porque había de ser bajo la protección de Alemania y Austria, y
que comprendería, con toda la Península, incluso Gibraltar y Portugal -cuyas
colonias se apropiarían Alemania y Austria-, Marruecos. Fueron vencidos los
Imperios centrales, y con ellos fue vencido el nonato Vice-Imperio Ibérico, y
entonces mismo fue vencida la monarquía borbónico-habsburgiana de España.
Entonces se remachó el divorcio entre la nación y la realeza, entre la patria
española y el patrimonio real.
A
esto vinieron a unirse nuestros desastres en Africa, que reavivaban las
heridas, aún no del todo cicatrizadas, del gran desastre colonial de 1898. El
de 1921, el de Annual, fue atribuído por la conciencia nacional al Rey mismo, a
don Alfonso, que por encima de sus ministros y del alto comisario de Marruecos
dirigió la acometida del desgraciado general Fernández Silvestre contra
Abd-el-Krim, a fin de asegurarse, con la toma de Alhucemas, el Protectorado -en
rigor, la conquista, en cruzada- de Tánger. Alzóse en toda España un clamoreo pidiendo
responsabilidades, y se buscaba la del Rey mismo, según la Constitución,
irresponsable. Fui yo el que más acusé el Rey, y le acusé públicamente y no sin
violencia. Y el Rey mismo, en una entrevista muy comentada que con él tuve, me
dijo que, en efecto, había que exigir todas las responsabilidades, hasta las
suyas si le alcazaran. Y en tanto, con su característica doblez, preparaba el
golpe de Estado del 13 de septiembre de 1923, que fue él quien lo fraguó y
dirigió, sirviéndose del pobre botarate de Primo de Rivera.
Es
innegable que el golpe de Estado del 13 de septiembre de 1923 fue recibido con
agrado por una gran parte de la nación, que esperaba que concluyese con el
llamado antiguo régimen, con el de los viejos políticos y de los caciques, a
los que se hacía culpables de las desdichas de la política de cruzada. Fuimos
en un principio muy pocos, pero muy pocos, los que, como yo, nos pronunciamos
contra la Dictadura, y más al verla originada en un pronunciamiento pretoriano,
y declaramos que de los males de la patria era más culpable el Rey que los
políticos. Nuestra campaña -que yo la llevé sobre todo desde el destierro, en
Francia, a donde me llevó la Dictadura- fue, más aún que republicana,
antimonárquica, y más aún que antimonárquica, antialfonsina. Sostuve que si las
formas de gobierno son accidentales, las personas que las encarnan son
sustanciales, y que el pleito de Monarquía o República es cosa de Historia y no
de sociología. Y si hemos traído a la mayoría de los españoles conscientes al
republicanismo, ha sido por antialfonsismo, por reacción contra la política
imperialista y patrimonialista del último Habsburgo de España. En contra de lo
que se hacía creer en el extranjero, puede asegurarse que después de 1921 don
Alfonso no tenía personalmente un solo partidario leal y sincero, ni aún entre
monárquicos, y que era, sino odiado, por lo menos despreciado por su pueblo.
La
Dictadura ha servido para hacer la educación cívica del pueblo español, y sobre
todo de su juventud. La generación que ha entrado en la mayor edad civil y
política durante esos ocho vergonzosos años de arbitrariedad judicial, de
despilfarro económico, de censura inquisitorial, de pretorianismo y de impuesto
optimismo de real orden; esa generación es la que está haciendo la nueva España
de mañana. Es esa generación la que ha dirigido las memorables y admirables
elecciones municipales plebiscitarias del 12 de abril, en que fue destronado,
incruentamente, con papeletas de voto y sin otras armas, Alfonso XIII. Y han
dirigido esas elecciones hasta los jóvenes que no tenían aun voto. Son los
hijos los que han arrastrado a sus padres a esa proclamación de la conciencia
nacional. Y a los muchachos, a los jóvenes, se han unido las más de las mujeres
españolas, que, corno en la guerra de la Independencia de 1808 contra el
imperialismo napoleónico, se han pronunciado contra el imperialismo del
bisnieto de Fernando VII, el que se arrastró a los pies del Bonaparte.
Miguel
de Unamuno (El Sol, 12 de mayo de 1931.)
Unamuno
juzga a la situación española en tres artículos
LA
PROMESA DE ESPAÑA
II.
Comunismo, fascismo, reacción clerical y problema agrícola
El
comunismo no es, hoy por hoy, un serio peligro en España. La mentalidad, o,
mejor, la espiritualidad del pueblo español no es comunista. Es más bien
anarquista. Los sindicalistas españoles son de temperamento anarquista; son en
el fondo, y no se me lo tome a paradoja, anarquistas conservadores. La
disciplina dictatorial del sovietismo es en España tan difícil de arraigar como
la disciplina dictatorial del fascismo. Los proletarios españoles no
soportarían la llamada dictadura del proletariado. A lo que hay que añadir que,
como España no entró en la Gran Guerra, no se han formado aquí esas grandes
masas de ex combatientes habituadas a la holganza de los campamentos y las
trincheras, holganza en que se arriesga la vida, pero se desacostumbra el
soldado al trabajo regular y se hace un profesional de las armas, un
mercenario, un pretoriano. Los mozos españoles que volvían de Marruecos volvían
odiando el cuartel y el campamento. Y el servicio militar obligatorio ha hecho
a nuestra juventud de tal modo antimilitarista, que creo se ha acabado en
España la era de los pronunciamientos. Y, con ello, la posibilidad de los
soviets a la rusa y de fasci a la italiana. Y si es cierto que tenemos un
Ejército excesivo -herencia de nuestras guerras civiles y coloniales-, este
Ejército se compone de las llamadas clases de segunda categoría, de oficialidad
y de un generalato monstruoso. Todo este terrible peso castrense es de origen
económico. El Ejército español ha sido siempre un Ejército de pobres. Pobres
los conquistadores de América, pobres los tercios de Flandes. La alta nobleza
española, palaciega y cortesana, ha rehuído la milicia. Y ese Ejército formaba
y aún forma -hoy con la Gendarmería, la Guardia de Sega-ridad y hasta la
Policía- algo así como aquella reserva de que hablaba Carlos Marx. Son el
excedente del proletariado a que tiene que mantener la burguesía. El ejército
profesional es un modo de dar de comer a los sin trabajo. El cuartel hace la
función que en nuestro siglo XVII hacía el convento. Pero ya hoy muchos de los
que antes iban frailes se van para guardias civiles.
No
creo, pues, que haya peligro ni de comunismo ni de fascismo. Cuando al estallar
la sublevación de Jaca, en diciembre del año pasado, el Gabinete del Rey y el
Rey mismo voceaban que era un movimiento comunista, sabían que no era así y
mentían -don Alfonso mentía siempre, hasta cuando decía la verdad, porque
entonces no la creía-, y mentían en vista al extranjero. Y ahora todas esas
pobres gentes adineradas y medrosas se asombran, más aún que del admirable
espectáculo del plebiscito antimonárquico, de que no haya empezado el reparto.
Y los que huyen de España, llevándose algunos cuanto pueden de sus capitales,
no es tanto por miedo a la expropiación comunista cuanto a que se les pidan
cuentas y se les exijan responsabilidades por sus desmanes caciquiles.
Añádase
que en estos años se ha ido haciendo la educación civil y social del pueblo. Es
ya una leyenda lo del analfabetismo. El progreso de la ilustración popular es
evidente. Y en una gran parte del pueblo esa educación se ha hecho de propio
impulso, para adquirir conciencia de sus derechos. España es acaso uno de los
países en que hay más autodidactos. Hoy, en los campos de Andalucía y de
Extremadura, en los descansos de la siega y de otras faenas agrícolas, los
campesinos no se reúnen ya para beber, sino para oír la lectura, que hace uno
de ellos, de relatos e informes de lo que ocurre acaso en Rusia. «Temo más a
los obreros leídos que a los borrachos», me decía un terrateniente. Y en cuanto
a la pequeña burguesía, a la pobre clase media baja, jamás se ha leído como se
lee hoy en España. Sólo los ignorantes de la historia ambiente y presente
pueden hablar hoy de la ignorancia española. Como tampoco de nuestro fanatismo.
Porque,
en efecto, si no es de temer hoy en España un sovietismo o un fascimo a base de
militarismo de milicia, tampoco es de temer una reacción clerical. El actual
pueblo católico español -católico litúrgico y estético más que dogmático y
ético- tiene poco o nada de clerical. Y aquí no se conoce nada que se parezca a
lo que en América llaman fundamentalismo, ni nadie concibe en España que se le
persiga judicialmente a un profesor por profesar el darwinisno. El espíritu
católico español de hoy, pese a la leyenda de la Inquisición -que fue más arma
política de raza que religiosa de creencia-, no concibe los excesos del cant
puritanesco. Aquí no caben ni las extravagancias del Ku-KIux-Klan ni los
furores de la ley seca en lo que tengan de inquisición puritana. Ahora, que
acaso no convenga en la naciente República española la separación de la Iglesia
del Estado, sino la absoluta libertad de cultos y el subvencionar a la Iglesia católica,
sin concederle privilegios, y como Iglesia española, sometida al Estado, y no
separada de él. Iglesia católica, es decir, universal, pero española, con
universalidad a la española, pero tampoco de imperialismo. Se ha de reprimir el
espíritu anticristiano que llevo al episcopado del Rey y al Rey mismo a
predicar la cruzada. Los jóvenes españoles de hoy, los que se han elevado a la
conciencia de su españolidad en estos años de Dictadura, bajo el capullo de
ésta, no consentirán que se trate de convertir a los moros a cristazo limpio. Y
en esto les ayudarán sus hermanas, sus mujeres, sus madres. Y a la mujer
española, sobre todo a la del pueblo, no se la maneja desde el confesionario. Y
en cuanto a las damas de acción católica, su espíritu -o lo que sea- es, más
que religioso, económico. Para ellas el clero no es más que gendarmería.
Hay
el problema del campo. Mientras en una parte de España el mal está en el
latifundio, en otra parte, acaso mas poblada, el mal estriba en la excesiva
parcelación del suelo. El origen del problema habría que buscarlo en el
tránsito del régimen ganadero -en un principio de trashumancia- al agrícola.
Las mesetas centrales españolas fueron de pastoreo y de bosques. Las
roturaciones han acabado por empobrecerlas, y hoy, mientras prosperan las
regiones que se dedican al pastoreo y a las industrias pecuarias, se empobrecen
y despueblan las cerealíferas. Mas éste, como el de la relación entre la
industria -en gran parte, en España, parasitaria- y la agricultura, es problema
en que no se puede entrar en estas notas sobre la promesa de España
Miguel
de Unamuno (El Sol, 13 de mayo de 1931.)
Unamuno
juzga a la situación española en tres artículos
LA
PROMESA DE ESPAÑA
III.
Los comuneros de hoy se han alzado contra el descendiente de los Austria y los
Borbones
Hay
otro problema que acucia y hasta acongoja a mi patria española, y es el de su
íntima constitución nacional, el de la unidad nacional, el de si la República
ha de ser federal o unitaria. Unitaria no quiere decir, es claro, centralista,
y en cuanto a federal, hay que saber que lo que en España se llama por lo común
federalismo tiene muy poco del federalismo de Tite Fedendist o New
Constitution, de Alejandro Hamilton, Jay y Madison. La República española de
1873 se ahogó en el cantonalismo disociativo. Lo que aquí se llama federar es
desfederar, no unir lo que está separado, sino separar lo que está unido. Es de
temer que en ciertas regiones, entre ellas mi nativo País Vasco, una federación
desfederativa, a la antigua española, dividiera a los ciudadanos de ellas, de
esas regiones, en dos clases: los indígenas o nativos y los forasteros o
advenedizos, con distintos derechos políticos y hasta civiles. ¡Cuántas veces
en estas luchas de regionalismos, o, como se les suele llamar, de nacionalismos,
me he acordado del heroico Abraham Lincoln y de la tan instructiva guerra de
secesión norteamericana! En que el problema de la esclavitud no fue, como es
sabido, sino la ocasión para que se planteara el otro, el gran problema de la
constitución nacional y de si una nación hecha por la Historia es una mera
sociedad mercantil que se puede rescindir a petición de una parte, o es un
organismo.
Aquí,
en España, este problema se ha enfocado sentimentalmente. y sin gran sentido
político, por el lado de las lenguas regionales no oficiales, como son el
catalán, el valenciano. el mallorquín, el vascuence y el gallego. Por lo que
hace a mi nativo País Vasco, desde hace años vengo sosteniendo que si sería
torpeza insigne y tiránica querer abolir y ahogar el vascuence, ya que agoniza,
sería tan torpe pretender galvanizarlo. Para nosotros, los vascos, el españnl
es COmO un mauser o un arado de vertedera, y no hemos de servirnos de nuestra
vieja y venerable espingarda o del arado romano o celta, heredado de los
abuelos, aunque se los conserve, no para defenderse con aquélla ni para arar
con éste. La biling|idad oficial sería un disparate; un disparate la
obligatoriedad de la enseñanza del vascuence en país vasco, en el que ya la
mayoría habla español. Ni en Irlanda libre se les ha ocurrido cosa análoga. Y
aunque el catalán sea una lengua de cultura, con una rica literatura y uso
cancilleresco hasta el siglo xv, y que enmudeció en tal respecto en los siglos
XVI, XVII Y XVIII, para renacer, algo artificialmente, en el XIX, sería
mantener una especie de esclavitud mental el mantener al campesino pirenaico
catalán en el desconocimiento del español -lengua internacional-, y seria una
pretensión absurda la de pretender que todo español no catalán que vaya a
ejercer cargo público en Cataluña tuviera que servirse del idioma catalán,
mejor o peor unificado, pues el catalán, como el vascuence, es un conglomerado
de dialectos. La biling|idad oficial no va a ser posible en una nación como
España, ya federada por siglos de convivencia histórica de sus distintos
pueblos. Y en otros respectos que no los de la lengua, la desasimilación sería
otro desastre. Eso de que Cataluña, Vasconia, Galicia, hayan sido oprimidas por
el Estado español no es más que un desatino. Y hay que repetir que unitarismo
no es centralismo. Mas es de esperar que, una vez desaparecida de España la
dinastía borbónico-habsburgiana y, con ella, los procedimientos de
centralización burocrática, todos los españoles, los de todas las regiones,
nosotros los vascos, como los demás, llegaremos a comprender que la llamada
personalidad de las regiones -que es en gran parte, como el de la raza, no más
que un mito sentimental- se cumple y perfecciona mejor en la unidad política de
una gran nación, como la española, dotada de una lengua internacional. Y no más
de esto.
Por
lo que hace al problema de la Hacienda pública, España no tiene hoy deuda
externa ni tiene que pagar reparaciones, y en cuanto al crédito económico, éste
se ha de afirmar y robustecer cuando se vea con qué cordura, con que serenidad,
con qué orden ha cambiado nuestro pueblo su régimen secular. España sabrá pagar
sin caer en las garras de la usura de la Banca internacional.
En
1492, España -más propiamente Castilla- descubría y empezaba a pobllar de
europeos el Nuevo Mundo, bajo el reinado de los Reyes Católicos Fernando V de
Aragón e Isabel I de Castilla. Unos veintiséis años después, en 1518, entraba
en España su nieto, Carlos de Habsburgo, primero de España y quinto de
Alemania, de que era Emperador, como nieto de Maximiliano. Carlos V torció la
obra de sus abuelos españoles, llevando a España a guerras por asentar la
hegemonía de la Casa de Austria en Europa, y la Contra-Reforma, en lucha con
los luteranos. Con ello quedó en segundo plano la españolización de América y
del norte de Africa. En 1898, rigiendo a España una Habsburgo, una hija de la
Casa de Austria, perdió la corona española sus últimas posesiones en América y
en Asia, y tuvo la nación que volver a recogerse en si. En 1518 al entrar el
Emperador Carlos en la patria de su madre, las Comunidades de Castilla, los
llamados comuneros, se alzaron en armas contra él y el cortejo de flamencos que
le acompañaba, movidos de un sentimiento nacional. Fueron vencidos. Dos
dinastías, la de Austria y la de Borbón, han regido durante cuatro siglos los
destinos universales de España. Estando ésta bajo un Borbón el abyecto Femando
VII, el gran Emperador intruso, Napoleón Bonaparte, provocó el levantamiento de
las colonias americanas de la corona de España. El nieto de Femando VII,
descendiente de los Austrias y los Borbones, ha querido rehacer otro Imperio, y
de nuevo las Comunidades de España, los comuneros de hoy, se han alzado contra
él, y con el voto han arrojado al último habsburgo imperial. España ha dejado
del otro lado de los mares, con su lengua, su religión y sus tradiciones,
Repúblicas hispánicas, y ahora, en obra de íntima reconstrucción nacional, ha
creado una nueva República hispánica, hermana de las que fueron sus hijas. Y
así se marca el destino universal del spanish speak-ing folk. Podemos decir que
ha sido por misterioso proceso histórico la gran Hispania ultramarina, la de
los Reyes Católicos, la que ha creado la Nueva España que al extremo occidental
de Europa acaba de nacer.
Miguel
de Unamuno (El Sol, 14 de mayo de 1931.)
Mensaje de Maciá a los diputados de la Generalidad reclamando lo
ofrecido por el Pacto de San Sebastián. El Gobierno de Madrid disiente
«Señores diputados de la Generalidad de Cataluña: Sería la
realización de mi más íntimo ideal que las palabras pronunciadas en este acto
solemne marcasen el limite en la ruta secular de Cataluña hacia la
reivindicación de sus libertades. Quisiera que, como expresión vital del
despertar de las nacionalidades que se agrupan bajo la República, sintiesen
pronto latir con su ritmo peculiar los corazones de los pueblos bajo la carne
joven de una nueva Iberia.
»Nunca como ahora este deseo ha aparecido tan cerca de su
consecución. La República ha removido el ambiente, dejándolo limpio y puro y
aclarando y fijando los sentimientos y el verbo de los hombres, creando asi un
orden nuevo, en el cual los ideales de libertad triunfan.
»La vida política de nuestro país se encuentra, señores diputados,
en su momento culminante; aquel en que espera ver satisfechos sus más puros
anhelos tradicionales. Y obtendremos el triunfo de la victoria como eclosión
cívica de los más altos sentimientos de libertad.
»Entre el triunfo de nuestra tierra y las circunstancias de este
triunfo hay como una significativa lógica de la Historia. Cataluña, la liberal
y democrática Cataluña, obtendrá el reconocimiento íntegro de su personalidad
de una España renovada, libertada y democrática. Ni podía ser de otra manera,
ni fuera razonable ahora que no sucediese así. El primer paso de la legislación
constitucional de la República debe ser, y hemos de creer que será, restituir
el derecho tradicional al pueblo que ha sido en la historia conjunta de los
países hispánicos el primero en liberalidad y democracia.
»Cataluña ha sido profundamente liberal y demócrata, y así
aparecía cuando su independencia le permitía presentarse ante el mundo tal cual
era, y lo demostró democratizando paulatinamente la estructura feudal que, como
pueblo de origen carolingio, tuvo en sus comienzos; y tanto es asi que incluso
en los usatges, código feudal, se declaran fuera de ley los excesos del
feudalismo y se estructura la constitución política y social de la naciente
nacionalidad, hasta el punto de que ellos han podido ser calificados de Carta
constitucional de nuestra tierra, el monumento más antiguo y esencial del
Derecho público catalán, dictado más de un siglo antes que la Carta Magna de
los ingleses.
»En sus relaciones políticas con los países que formaron parte de
los dominios de sus monarcas catalanes, existió siempre un espíritu de respeto
hacia la libertad de estos pueblos, hasta el punto que o bien constituyeron
reinos con vida completamente autónoma o llegaron hasta crear reinos con plena
independencia.
»Es digno de hacer notar el hecho de que mientras tuvimos monarcas
catalanes, los soberanos y el pueblo marcharon al unísono, como pocas veces se
ha visto en la historia; de manera que, hasta alguno de ellos, como Pedro el
Ceremonioso, que luchó con los aragoneses y los valencianos, tuvo en todas sus
empresas el soporte de Cataluña, que calificó de tierra bendita, poblada de
lealtad. Y las hermosas palabras de Martín el Humano, en las Cortes de
Pamplona, de 1406, como otras de Pedro el Ceremonioso, nos dan aún una medida
de cómo estaba Cataluña iluminada de liberalidad.
»¿Qué pueblo -decía- hay en el mundo que sea así, tan franco de
libertades ni que sea tan liberal como vosotros? Y es precisamente por una
torcida obsesión legalista por lo que se llega a la sentencia de Caspe, a la
proscripción de la dinastía catalana de Jaime de Urgel y a la entronización de
la dinastía castellana.
»Este es, señores diputados, como todos sabéis, el punto de
partida de la pugna, que duró siglos, entre el Poder real y ei pueblo catalán,
pugna que empieza a dibujarse al ver los catalanes que los reyes castellanos
los trataban como súbditos, ellos que siempre se habían considerado como
iguales, ya que el príncipe lo era porque así lo querían todos los catalanes,
que por esta sola consideración de derecho eran libres; pugna que se inició en
tiempos de Fernando de Antequera y que subsiste en tiempos de Alfonso el
Magnánimo, que estalla con toda violencia en tiempos de Juan II con una guerra
que dura más de diez años; que encuentra su instante más amansado en la
política de Fernando el Católico y alcanza después su máximo desbordamiento en
la guerra de los segadores y en la guerra contra Felipe I, que marca el fin de
la libertad de Cataluña con la victoria del absolutismo filipista y que llega
al último Borbón español.
»Dos siglos han transcurrido desde el decreto de Nueva Planta, sin
que se haya reparado este crimen contra nuestra tierra; antes bien, se han
acentuado la persecución; las vejaciones y las limitaciones, principalmente en
el aspecto ling|ístico y cultural, donde hemos visto prohibida la lengua
catalana de las escuelas maternales y de los estudios superiores y
universitarios. Y en nuestros tiempos coinciden en esta persecución los
partidos conservadores con los partidos que se decían liberales. En ninguno de
ellos encuentra Cataluña el espíritu de justicia. Y huelga decir que mucho
menos lo encuentra en los Gobiernos dictatoriales, que llevan su intransigencia
hasta prohibir la plegaria en lengua materna, que juntamente con la prohibición
de usarla para la enseñanza de nuestros hijos constituye el mayor atentado que
puede perpetrarse contra un pueblo.
»Por eso os decía, señores diputados, que Cataluña, por su
carácter liberal y democrático, no podía entenderse nunca, ni siquiera pactar,
con la dinastía, que representaba el obstáculo tradicional de nuestras
reivindicaciones. Y para hacer desaparecer este obstáculo ha luchado Cataluña
entera, aquí, en las Cortes y más allá de las fronteras, y en nuestra empresa
hemos visto cómo se agrupaban gentes de otras tierras hispánicas, porque la
dinastía que hemos derribado no se contentaba con tener los sentimientos de
Cataluña bajo su tiranía, sino que incluso llegó a imponer su despotismo a
Castilla, ahogando las voces más nobles y de más encendido patriotismo.
»Este estado de cosas nos llevó a la reunión de San Sebastián,
donde quedó sellado el pacto para llevar la libertad a todos los pueblos de la
Península. Lo que todo el mundo había dicho que no podría lograrse sino con una
revolución sangrienta, acontece por la voluntad popular cívicamente manifestada
en las elecciones del 12 de abril. En Cataluña, el triunfo de los
antidinásticos fué tan abrumador que dos días después, en este histórico salón,
proclamé, por la voluntad del pueblo, la República catalana, como Gobierno
integrante de la República que pocas horas después se propagaba por tierras de
España.
»El cumplimiento del pacto de San Sebastián era, señores
diputados, y ahora es, que las Cortes aceptasen el estado de hecho que se había
creado en Cataluña, y, fieles a nuestra palabra, convinimos con los tres
ministros que, representando al Gobierno español, vinieron a parlamentar con
nosotros, que nuestro Gobierno, durante el período transitorio, se llamaría de
la Generalidad de Cataluña, y que inmediatamente nos serían otorgadas algunas
Delegaciones como un anticipo de más amplias concesiones. Las de enseñanza,
como todos sabéis, han sido iniciadas con el decreto que concede a nuestros
hijos el derecho a ser enseñados en lengua materna, y por el otro, relativo a
las cátedras en catalán.
»En cuanto a las otras Delegaciones, especialmente en materias
económicas y de trabajo, aquella buena disposición no ha tenido aún plena
realización, si bien esto no nos ha impedido intervenir en los conflictos
planteados con el espíritu de justicia y equidad y amor a los trabajadores que
ha guiado siempre nuestros actos, y hemos alcanzado la confianza y la simpatía
que ha inspirado a patronos y obreros nuestro gesto generoso, ya que, desde la
proclamación de la República, Cataluña no ha visto perturbada su vida de
trabajo.
»Finalmente, la Generalidad, con objeto de constituir la Asamblea
que junto con su Gobierno ha de redactar el Estatuto de Cataluña, ha convocado
elecciones por el único procedimiento que permitía la perentoriedad del tiempo
de que se dispone, y estas elecciones os han traido al altísimo lugar que
ostentáis en este sitio. Estáis en este Palacio, saturado de historia patria,
en representación del pueblo de Cataluña; sois Cataluña misma, que, viva y
palpitante, emocionada de poder expresar sin trabas su pensamiento, dirá aquí
cuál es su voluntad, que habremos de acatar todos, yo el primero, así que se
haya obtenido la ratificación que representa el plebiscito de Ayuntamientos y
el «referéndum» popular que se sucederá. Y este acatamiento debe ser, a la vez,
una aceptación y una promesa de defender lo que habremos de presentar como
expresión sincera de la voluntad de nuestro pueblo.
»Señores diputados: Siento vibrar en mí la emoción de este
momento, en que he de callar para que vosotros habléis, para que hable la voz
que está por encima de todos: la voz de nuestro pueblo. Os dejo, pues, para que
recomencéis la tarea que os ha sido confiada; para que la realicéis con toda
libertad. Unicamente me atrevería a pediros, si no conociese suficientemente
cuál es vuestra convicción, que os inspiréis en vuestras decisiones en el amor
que todo hombre debe tener por los demás hombres, en la cordialidad que todo
pueblo ha de sentir hacia los demas pueblos. Y esta cordialidad que os pido, y
que estoy seguro que tendréis, ha de hacerse más patente en estos momentos, en
que, por estar trabajando en carne viva, tanto Cataluña como las demás tierras
ibéricas, la sensibilidad está morbosamente agudizada, aunque esto no quiere
decir que las manifestaciones que hagamos no hayan de reflejar nuestra voluntad
de que nos sea reconocido y respetado lo que de derecho nos corresponde.
»No precisa, pues, que esta cordialidad sea objeto de un artículo,
ni tan sólo de un párrafo, del Estatuto que habéis de redactar.
»Creo que será suficiente que saturéis vuestra obra de una
atmósfera de comprensión para nuestros hermanos de allende el Ebro -a los
cuales me place desde este sitio y en este acto dirigir mi salutación mas
ferviente-, que les digáis que si bien hemos hecho un largo camino juntos por
los yermos y los acantilados de la Historia, en medio de los cuales muchas
veces nos hemos detenido a discutir nuestras disensiones, hemos llegado ya a la
tierra de promisión adonde juntos nos dirigimos; pero desde este momento cada
uno ha de edificar en el valle ubérrimo que nos ofrece la libertad conquistada
el edificio que ha de habitar según los gustos propios, con una arquitectura
peculiar y una distribución interior adecuada a las necesidades de los
moradores.
»Precisa, en fin, decir bien claramente cual es nuestra voluntad
para que no sea tergiversada, y esto lo tendremos procurando no dar en la
estructuración escrita del Estatuto ni un paso atrás, y en esta actitud
tendréis a vuestro lado a todos los catalanes, porque no babrá ninguno que se
atreva a negarse a defender la voluntad del país, ya que no se trata de fijar
una forma de Gobierno en la cual pueden producirse discrepancias, sino que
nuestro gesto es la reclamación que presenta un pueblo para que le sea devuelta
la soberanía de que se le desposeyo. Y decir bien alto que, una vez obtenida la
satisfacción que Cataluña unánime pide, el estímulo eminente de nuestros actos
no ha de ser otro que el de contribuir a instaurar una Confederación ibérica,
en la cual las diversas energías del país sean exaltadas y aprovechadas, puesto
que únicamente así se creará y solidificará la grandeza de la República.
»Señores diputados de la Generalidad: Me despido de vosotros con
estas palabras finales. Pensad que la obra que habéis de realizar juntamente
con el Gobierno representará la voluntad decisiva de nuestra tierra; que ella
ha de ser la base del Código que ha de regir sus destinos; que será el vehículo
de su prosperidad, y por ella podrá colaborar a la de los demás pueblos
hermanos. Trabajad, por tanto, con el entusiasmo que contagia el patriotismo
más puro. Escuchad en vuestro interior la voz profunda del buen juicio racial.
Que vuestra labor sea expresión viviente de las aspiraciones seculares de
nuestra Cataluña, para que podamos hacer de ella una patria liberal,
democrática y socialmente justa.»
Terminada la lectura del anterior mensaje, que ha sido escuchada
con suma atención, el señor Maciá abandonó el salón con el mismo ceremonial que
a la entrada y en medio de ovaciones clamorosas de los diputados y del público.
Inmediatamente después se levantó la sesión. (Febus.)
Una nota del Gobierno
El pacto de San Sebastián y el mensaje del señor Maciá.-
Después del Consejo, el ministro de Instrucción pública leyó a los periodistas
la siguiente nota:
«Con motivo del mensaje del señor Maciá ante la Asamblea de
la Generalidad, el Gobierno, resuelto a cumplir con lealtad de conducta y
amplitud de criterio el pacto de San Sebastián, recuerda y declara una vez más
que lo allí convenido no era ni podía ser la aceptación ciega de situaciones
futuras de hecho totalmente imposibles de prever, y sí el compromiso de
presentar a la deliberación de las Cortes Constituyentes, cuyo poder soberano
nadie podía limitar, el proyecto de Estatuto expresión genuina y contrastada de
la voluntad popular de Cataluña o de cualquiera otra región.
»En cuanto a la afirmación de que hayan existido
compromisos no cumplidos por parte de algunos ministerios, importa declarar que
no hubo compromiso alguno de Gobierno olvidado, y sí la declaración personal y
colectiva de predisposiciones favorables de ánimo que se han ido traduciendo en
las medidas que el mismo señor Maciá reconoce.»
(El Sol, 12 de junio de 1931.)
El
Cardenal Segura, considerado enemigo del nuevo régimen, es desterrado. «Al
adoptar el Gobierno la resolución que ayer adoptó está seguro de haber prestado
un servicio a la paz pública y otro no menor a los altos intereses espirituales
de la Iglesia»
Al
salir del Consejo el ministro de la Gobernación, a las diez y cuarto de la
noche, leyó a los periodistas la siguiente nota relacionada con la marcha de
España del cardenal Segura:
»Con
motivo de la publicación de la pastoral que el primado de Toledo dirigió a los
otroe prelados, con ocasión de la proclamación de la República, el Gobierno,
estimando peligrosa la permanencia del cardenal en España, solicitó de la Santa
Sede la remoción de don Pedro Segura de la silla metropolitana de Toledo.
»A
poco de ser cursada esta nota del Gobierno, abandonó el cardenal, de modo
espontáneo, el territorio español, dirigiéndose a Roma y regresando algunos
días después a España sin ponerlo previamente en conocimiento de ninguna
autoridad civil ni eclesiástica.
»Entró
el cardenal por el paso de Roncesvalles la noche del día 11, y durante tres días
permaneció oculto, ignorando su paradero el Gobierno. Esperaba éste recibir la
contestación de la Santa Sede a su nota para adoptar la resolución que estimara
pertinente; mas al tener notiicia de que el cardenal, saliendo, al fin, del
incógnito, había convocado en Guadalajara una reunión de párrocos y otras
dignidades eclesiásticas para el pasado domingo, no vaciló en rogarle que
abandonara de nuevo España, dándole, claro es, las máximas facilidades para
ello.
»La
resistencia que el cardenal opuso en los primeros momentos a cumplir la orden
del Gobierno hizo un tanto enojosa y lenta la tramitación de su cumplimiento;
mas al fin pudo ser acompañado el cardenal hasta la frontera francesa,
guardando a su persona y a su dignidad las consideraciones debidas. En tanto no
reciba el Gobierno la contestación de la Santa Sede a la nota pendiente, no
quiere que se perturbe la paz espiritual del país con la actuación personal en
él de quien viene dando muestras reiteradas y públicas de hostilidad al
régimen, una de las cuales es la forma poco adecuada a la jerarquía de la
primera dignidad de la Iglesia española en que ha regresado a España y
permanecido en ella estos últimos días.
»Al
adoptar el Gobierno la resolución que ayer adoptó está seguro de haber prestado
un servicio a la paz pública, y otro no menor a los altos intereses
espirituales de la Iglesia.»
(El
Sol, 16 de junio de 1931.)
Elecciones
para las Cortes Constituyentes. «El Sol» resume así el resultado: «Madrid votó
serenamente porque la República se consolide sin peligrosos funambulismos»
Pórtico
electoral de la República
El
hecho diferencial de las elecciones de anteayer fue su pulso tranquilo.
Amaneció en la calle de Alcalá, bajo las frescas guirnaldas de las mangas de
riego, un día caliente y mecido en aires tempestuosos. Los unos y los otros la
dejaron desde media noche sucia, con un carnaval de papeles. A las seis
inicióse el combate. Por el Prado surgieron dos camionetas de comunistas.
Cantaban torpemente; pero cantaban «Los sirgadores del Volga». Don Marcelino
Domingo les agradecerá sin duda su hermosa diana. Ellos, sin demasiada
vehemencia, distribuían sobre las soledades de asfalto paquetes y paquetes de
literatura electoral. Y fue ésta, a lo largo de la jornada, la única vibración
«de otros tiempos» que puso en las calles un poquito de espectáculo.
No
se olvide en el índice a los jóvenes y a los «viejos» de la Acción Nacional.
Con los comunistas rivalizaron en entusiasmos para imponer su propaganda; pero
ni los unos ni los otros intentaron corromper la paz idílica del primer domingo
electoral de la República. ¡El viejo marqués de Lema junto en línea de ataque
con los mozos ardientes que sueñan con Moscú! Pero mientras los «stalinistas»
empujaban a las urnas grupos de casi adolescentes, los emisarios de la Acción
Nacional, en un trasunto de los postulados de San Juan de Dios, traían y
llevaban generosamente en automóviles a todos los impedidos de Madrid.
La
conjunción republicanosocialista concurrió al combate serenamente. Y a las doce
de la mañana puede decirse que el triunfo estaba resuelto. Madrid votaba, con
un sentido de previsión inteligente, a los representantes del actual Gobierno.
Así como en las elecciones del 12 de abril el héroe en las calles fue Alcalá
Zamora, en éstas Lerroux arrastró en su breve paso por algunos distritos la
simpatía de la multitud.
No
hay en el «carnet» del reportero ni una nota que destaque del tono dichosamente
gris de estas elecciones. Pero nunca como ahora fue más expresiva la actitud de
un pueblo. Madrid vota tranquilamente -mejor dicho, serenamente- porque la
República se consolide sin peligrosos funambulismos. Y es la conjunción quien
le ofrecía tales garantías. Y a ella ha votado.
Después
de esto, ¿para qué forzar dotes de observacion en difíciles pintoresquismos?
Tranquilidad, serenidad y sensatez. He aquí lo que dió de sí el pórtico
electoral de la República.
Añadamos
complementariamente: la Guardia civil paseó las calles con propósitos
paternales..., y desde hoy, los acreditados «muñidores» electorales tendrán que
vivir de los bonos de «sin trabajo». En Madrid, resumimos, hubo una elección
toda pureza, y naturalmente, toda tranquila. Las viejas picardías del
tingladillo electoral parecen idas para síempre.- F. L.
(El
Sol, 30 de junio de 1931.)
Se suprime la Academia General de Zaragoza. Su
director, el general Franco, pronuncia el discurso de despedida
«Caballeros cadetes: Quisiera celebrar este acto de
despedida con la solemnidad de años anteriores, en que, a los acordes del himno
nacional, sacásemos por última vez nuestra bandera y, como ayer, besaseis sus
ricos tafetanes, recorriendo vuestros cuerpos el escalofrío de la emoción y
nublándose vuestros ojos al conjuro de las glorias por ella encarnadas; pero la
falta de bandera oficial limita nuestra fiesta a estos sentidos momentos en
que, al haceros objeto de nuestra despedida, recibáis en lección de moral
militar mis últimos consejos.
Tres años lleva de vida la Academia General Militar y
su esplendoroso sol se acerca ya al ocaso. Años que vivimos a vuestro lado,
educándoos e instruyéndoos y pretendiendo forjar para España el más competente
y virtuoso plantel de oficiales que nación alguna Iograra poseer.
Intimas satisfacciones recogimos en nuestro espinoso
camino cuando los más capacitados técnicos extranjeros prodigaron calurosos
elogios a nuestra obra, estudiando y aplaudiendo nuestros sistemas y
señalándolos como modelo entre las instituciones modernas de la enseñanza
militar. Satisfacciones íntimas que a España ofrecemos, orgullosos de nuestra
obra y convencidos de sus óptimos frutos.
Estudiamos nuestro Ejército, sus vicios y virtudes, y
corrigiendo aquéllos hemos acrecentado éstas al compás que marcábamos una
verdadera evolución en procedimientos y sistemas. Así vimos sucumbir los libros
de texto, rígidos y arcaicos, ante el empuje de un profesorado moderno
consciente de su misión y reñido con tan bastardos intereses.
Las novatadas, antiguo vicio de Academias y cuarteles,
se desconocieron ante vuestra comprensión y noble hidalguía.
Las enfermedades venéreas, que un día aprisionaron
rebajando a nuestras juventudes, no hicieron su aparición en este Centro por la
acción vigilante y la adecuada profilaxis.
La instrucción física y los diarios ejercicios en el
campo os prepararon militarmente, dando a vuestros cuerpos aspecto de atletas y
desterrado de los cuadros militares al oficial sietemesino y enteco
Los exámenes de ingreso, automáticos y anónimos, antes
campo abonado de intrigas e influencias, no fueron bastardeados por la
recomendación y el favor, y hoy podéis orgulleceros de vuestro progreso, sin
que os sonrojen los viciosos y caducos procedimientos anteriores.
Revolución profunda en la enseñanza militar, que había
de llevar como forzado corolario la intriga y la pasión de quienes encontraban
granjería en el mantenimiento de tan perniciosos sistemas.
Nuestro decálogo del cadete recogió de nuestras sabias
ordenanzas lo más puro y florido para ofrecéroslo como credo indispensable que
prendiese vuestra vida, y en estos tiempos, en que la caballerosidad y la
hidalguía sufren constantes eclipses, hemos procurado afianzar vuestra fe de
caballeros, manteniendo entre vosotros una elevada espiritualidad.
Por ello en estos momentos, cuando las reformas y
nuevas orientaciones militares cierran las puertas de este Centro, hemos de
elevarmos y sobreponernos, acallando el interno dolor por la desaparición de
nuestra obra, pensando con altruismo: «Se deshace la máquina, pero la obra
queda»; nuestra obra sois vosotros, los 720 oficiales que mañana vais a estar
en contacto con el soldado, los que lo vais a cuidar y a dirigir, los que,
constituyendo un gran núcleo del Ejército profesional, habéis de ser sin duda
paladines de la lealtad, la caballerosidad, la disciplina, el cumplimiento del
deber y el espíritu de sacrificio por la patria, cualidades todas inherentes al
verdadero soldado, entre las que destaca con puesto principal la disciplina,
esa excelsa virtud indispensable a la vida de los Ejércitos, y que estáis
obligados a cuidar como la más preciada de vuestras prendas.
Disciplina...!, nunca bien definida y comprendida.
¡Disciplina...!, que no encierra mérito cuando la condición del mando nos es
grata y llevadera. ¡Disciplina!, que reviste su verdadero valor cuando el
pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón
pugna por levantanrse en íntima rebeldía o cuando la arbitrariedad o el error
van unidos a la acción del mando. Esta es la disciplina que os inculcamos. Esta
es la disciplina que practicamos. Este es el ejemplo que os ofrecemos.
Elevar siempre los pensamientos hacia la patria y a
ella sacrificarlo todo, que si cabe opción y libre albedrío al sencillo
ciudadano, no la tienen quienes reciben en sagrado depósito las armas de la
nación, y a su servicio han de sacrificar todos sus actos.
Yo deseo que este compañerismo nacido en estos
primeros tiempos de la vida militar pasados juntos perdure al correr de los
años, y que vuestro amor a las armas de adopción tengan siempre por norte el
bien de la patria y la consideración y mutuo afecto entre los componentes del
Ejército. Que si en la guerra habéis de necesitaros, es indispensable que en la
paz hayáis aprendido a comprenderos y estimaros.
Compañerismo, que lleva en sí el socorro al camarada
en desgracia, la alegría por su progreso, el aplauso al que destaca y la
energía también con el descarriado o el perdido, pues vuestros generosos
sentimientos han de tener como valladar el alto concepto del honor, que de este
modo evitaréis que los que un día y otro delinquieron, abusando de la
benevolencia, que es complicidad, de sus compañeros, mañana, encumbrados por un
azar, puedan ser en el Ejército ejemplo pernicioso de inmoralidad e injusticia.
Concepto del honor que no es exclusivo de un
regimiento, Arma o Cuerpo; que es patrimonio del Ejército y se sujeta a las
reglas tradicionales de la caballerosidad y la hidalguía, pecando gravemente
quien cree velar por el buen nombre de su Cuerpo arrojando a otro lo que en el
suyo no sirvió.
Achaque éste que por lo frecuente no debo silenciar,
ya que no nos queda el mañana para aconsejaros.
No puedo deciros como antes que aquí dejáis vuestro
solar, pues hoy desaparece, pero sí puedo aseguraros que, repartidos por
España, lo dejáis en nuestros corazones, y que en vuestra acción futura ponemos
nuestras esperanzas e ilusiones; que cuando al correr de los años blanqueen
vuestras sienes y vuestra competencia profesional os haga maestros, habréis de
apreciar lo grande y elevado de nuestra actuación, entonces vuestro recuerdo y
sereno juicio ha de ser nuestra más preciada recompensa.
Sintamos hoy, al despediros, la satisfacción del deber
cumplido y unamos nuestros sentimientos y anhelos por la grandeza de la patria,
gritando juntos: «¡Viva España!»
- Vuestro
general director Francisco Franco.»
(ARRARAS, J.:Historia de la Cruzada. Madrid, 1940.
Tomo 3.: pág. 376.)
Araquistain se
sorprende del «complejo sindicalista» y afirma que «ningún pueblo es
racialmente tan socialista como España». Unamuno le contradice
El complejo Sindicalista. ¿Por qué hay tantas huelgas?
Qué motivos hay en el fondo de esta erupción de
huelgas que le ha brotado a la República española, o, si quiere Unamuno, a la
España republicana? Este exantema huelguístico es lo que no acaba de explicarse
el observador extranjero, pues si los sindicalistas de la Confederación
Nacional del Trabajo abominan, como dicen, tanto de la Monarquía como del
comunismo, ¿qué se proponen perturbando directamente la sociedad e
indirectamente el Estado republicano? Contestemos a la pregunta inicial, y con
ello quedarán contestadas todas las que se relacionen con el sindicalismo
español. Los motivos son muchos. Mencionaremos algunos. En primer lugar, yo
creo percibir un motivo de resentimiento contra la Unión General de
Trabajadores, contra la organización sindical de tendencia socialista. Durante
años se la acusó neciamente de ser colaboradora de la Dictadura porque aceptaba
la legislación paritaria, cuando en verdad se aprovechó de ella para que los
leaders socialistas recorrieran incesantemente el país, en apariencia para
difundir entre la clase obrera las ventajas de los Comités paritarios, pero, en
realidad, para organizarla y excitarla revolucionariamente contra las
instituciones monárquicas.
En la historia de ningún pueblo se hizo jamás una
agitación revolucionaria tan cauta y eficaz. El pobre Primo de Rivera no se
daba cuenta. Su simplismo político le impedía advertir la tormenta que se
forjaba ante sus ojos y bajo sus pies. Al contrario: él, como tantos otros
ingenuos o malévolos de la derecha y la izquierda, estaba seguro de la colaboración
socialista. El fruto ya se vió el 12 de abril y luego el 28 de junio: los
propagandistas de los Comités paritarios, y al socaire de esta institución,
conservadora al parecer, convirtieron al republicanismo y al socialismo a la
mayor parte de la clase obrera española. No fueron los únicos; sería injusto
afirmar otra cosa; pero cuando se estudie la hitoria íntima y minuciosa de la
revolución española, si se hace con inteligencia y objetividad, se verá que la
primacía en ese proceso les corresponde a los socialistas, que prefirieron la
táctica de la subversión silencionsa a la de la violencia, problemática, tantas
veces preparada y tantas veces frustrada, que preconizaban otros.
Entre
los detractores de la táctica socialista nadie superaba en acritud y desdén a
los sindicalistas. Desorganizados por la Dictadura y dócilmente suspensa toda
su táctica de acción directa en las zonas del trabajo y de la revolución, por
explicables mótivos de prudencia, los sindicalistas esperaban que la Unión
General de Trabajadores saliese deshonrada por tantos años de difamación
sistemática, y desbaratada, en provecho del anarcosindicalismo, por el fracaso
de su táctica sindical y política. Pero el triunfo incuestionable de esa
táctica, que dió el golpe de gracia a la Monarquia y ha consolidado
inconmoviblemente la República, ha llevado el desconcierto a las filas del
sindicalismo. Y le ha envenenado de resentimiento contra una victoria que él,
enemigo de todo intervencionismo del Estado, no quiso preparar a la sombra de la
organización paritaria, ni, apolítico, contribuyó, o muy escasamente, a sacarla
de las urnas, armada de todas armas, como Minerva. Virtualmente, el
sindicalismo ha estado ausente de la revolución española, y ahora le acucia un
afán de desquite, de afirmación de una personalidad desvaída o aletargada. Este
es el motivo más hondo -tal vez subconsciente- que yo creo descubrir en la
agitación sindicalista de estos meses de República.
Ese
motivo de raíz psicológica se apoya en un hecho económico: en el malestar de la
clase obrera española, debido en parte a una causa general: la insuficiencia de
los salarios, que figuran entre los más bajos de Europa, en relación con el
costo de la vida, que es una de las más caras del mundo; y en parte a una causa
circunstancial: la terrible desorganización de la Hacienda pública y privada en
que dejó al país la Dictadura, desvalorizada la moneda, sin recursos el Estado
y los Municipios, acobardado el capital, disminuido el crédito, excesivamente
restrictivos los Bancos. Muchas huelgas están explicadas por ese descontento de
origen. Lo absurdo son los procedimientos por que se dirimen, y, en no pocos
casos, las condiciones que pretenden dentro del estado actual de las industrias
españolas, muchas de ellas a punto de quebrar por las circunstancias especiales
del país y por la concurrencia o las innovaciones de la producción extranjera.
Los
afiliados a la Unión General de Trabajadores sufren de esta crisis como los
demás obreros; pero con un heroísmo civil admirable, anteponen la salud de la
República a su interés privado, y esperan la normalización política y económica
del país para continuar la lucha de sus reivindicaciones, o la prosiguen,
cuando no pueden más, por el instrumento jurídico del arbitraje paritario. Y es
que en el obrero socialista o adscrito a las organizaciones de tendencia
socialista, el hombre, es decir, el político, está por encima del profesional;
el Estado y la sociedad, por encima del sindicato. En el sindicalista típico
acontece lo contrario: su sindicato, su interés gremial, está por encima y, si
es preciso, contra el Estado y la sociedad. Esta diferencia psicológica tiene,
a su vez, muchos motivos y causas. Unos, raciales; otros, culturales; otros,
subeconómicos. La tesis del individualismo español, o sea, el antiestatismo
español, como generalización, me ha parecido siempre una tontería. Un régimen
tan férreamente estatista como el que ha imperado en España durante tantos
siglos no se explica sin una anuencia espiritual de la mayoría del pueblo. Y la
Monarquía cae, no cuando es más dura y está más articulada, sino cuando se
desorganiza y corrompe, cuando deja de ser un gran Estado. Mi opinión es que la
mayoría de los españoles quieren, ahora como siempre, un Estado fuerte, lo cual
no sólo no excluye la libertad ni la justicia, sino que se condiciona por estos
principios; un Estado poderosamente organizado y organizador. Por esto pongo en
el socialismo, no sólo mi pensamiento y mi corazón, sino también mi
interpretación de la historia de España. Sin menosprecio para los demás
partidos, creo que el socialista es el llamado a construir el Estado más acorde
con la tradición y la idiosincrasia políticas de los españoles. Ningún pueblo
es racialmente tan socialista como España. Pero el tema es demasiado vasto y complejo
para detenerme en él ahora y aquí.
Claro
que sería pueril negar la existencia de núcleos individualistas,
antiestatistas; pero en mi entender son los menos en la totalidad de la nación,
y serán menos cada vez, según se eleva el nivel medio de la cultura y del
bienestar económico. Porque ni el bruto ni el esclavo pueden comprender el
Estado ni sus funciones de integración y coordinación social. La incultura y la
miseria anarquizan al hombre. Es natural. Nada más explicable que el
sindicalismo español, anarquista, antiestatista, se nutra de aquellas zonas de
la clase obrera más incultas y explotadas. En este sentido hay que reconocer la
eficacia histórica de ese movimiento: incita a la acción y a la organización,
así sea caótica e irresponsable, a las masas primitivas, preparándolas
inconscientemente para la etapa superior del socialismo.
Es
cierto que algunas profesiones cultas, que hasta ayer pertenecían a la pequeña
clase media, se han sumado recientemente en España al sindicalismo; pero eso no
contradice mi tesis, porque esa pequeña burguesía, más bien proletariado de
camisa limpia, es, políticamente, tan primitivo como los oficios más bajos en
la escala cultural y económica. Sindicalmente bisoños, esos grupos noveles
reaccionan contra el régimen senil en que hasta ahora han vivido buscando la
utopía sindicalista del todo o nada. Ya madurarán. Ya se curarán de la fiebre
de su dentición.
Hay
también quizá elementos raciales, temperamentos de tribu o cabila rifeña,
restos tal vez de las hordas primitivas que hace siglos vinieron a España por
el Sur y que ni entonces, en nuestro suelo, ni después, en las regiones
africanas o asiáticas, donde aún subsisten, han dado pruebas de la menor
capacidad para convivir dentro de un Estado de tipo europeo. Veremos si el
nuevo Estado español puede absorberlos, es decir, civilizarlos. Y si no puede,
tendrá que aislarlos de la organización nacional, y, eso si, con muchísimo
respeto, tratarlos como a menores y, sobre todo, reducirlos a impotencia.
En
este rápido examen de los componentes que entran en el sindicalismo español y
de los motivos de su agitación no sería justo dejar de aludir a otro que hasta
ahora lo ha alentado. Me refiero a ciertos particularismos regionalistas, que,
al abominar del Estado monárquico, y con razón, diseminaban en torno, por
extensión generalizadora, el desprestigio de toda idea del Estado. Yo creo que
en gran parte el sindicalismo catalán, levantino, vasco y gallego se ha
alimentado de la pugna política de esas regiones contra el antiguo Estado
central. Es curioso observar que en aquellas zonas de España donde no hay
regionalismo, apenas hay tampoco sindicalismo. Y estoy convencido de que en el
futuro régimen estatutario, si se concierta armoniosamente entre la voluntad de
las regiones y la general de la nación, como debe ser, la idea del Estado
recobrará todo su prestigio de órgano civilizador, y decaerá la tendencia
anarquizante que fomentaba, más o menos inconscientemente, el antiguo
regionalismo.
Finalmente,
quiero mencionar también otro motivo de la actual agitación sindicalista. Me
refiero al aliento y a veces al franco apoyo que las huelgas sindicalistas, han
venido recibiendo de no pocos gobernadores civiles de la República, los unos
por torpeza o desconocimiento de la organización corporativa del trabajo, y los
otros por el deliberado propósito de buscarse en la masa sindicalista, para
ellos o para su partido, una clientela política, a pesar de su apoliticismo. Y
en algunas provincias, el imperio del sindicalismo sobre el Estado ha sido tan
humillante, que sé de una cuyo gobernador circulaba por el territorio de su
mando con un salvoconducto de las organizaciones adscritas a la C. N. T.
Esperemos que, al cubrir las vacantes de los gobernadores que opten por el
cargo de diputado, los nombramientos recaigan en personas más compenetradas con
la organización corporativa del trabajo y más sensibles a la dignidad del Poder
público.
Pero
tampoco esto basta. Los gobernadores, por buena que sea su voluntad y mucha su
competencia, no tienen medios legales para evitar las huelgas o reducir su
número, si una de las partes se niega a aceptar los procedimientos de
conciliación y arbitraje. A esto quería yo llegar; pero lo escrito es ya harto
largo, y como queda aún mucho por decir, lo delaremos para otro dia.
Luis
Araquistain.
(El
Sol, 21 de julio de 1931.)
Comentario.
Individuo y Estado.
No
bien leído en ese mismo diario el artículo del amigo Araquistain sobre «El
complejo sindicalista», tomo la pluma, y no con talante polémico, para comentar
algo de lo que en él dice su autor. Es esto: «La tesis del individualismo
español, o sea el antiestatismo español, como generalización, me ha parecido
siempre una tontería. Un régimen tan férreamente estatista como el que ha
imperado en España durante tantos siglos no se explica sin una anuencia
espiritual de la mayoría del pueblo.»
Dejemos
por ahora la segunda parte de lo citado, eso de que el régimen español haya
sido férreamente estatista, lo que me parece un error de historia, sino que
antes más bien lo que llamamos Estado o Poder central -que ni es central- ha
sido en España de una debilidad manifiesta. Dejemos esto para detenermos en lo
de «el individualismo español, o sea el antiestatismo español»... ¿Es que son
términos convertibles? ¿Es que el individualista, por serlo, es anti-estatista?
¿Es que quien pone sobre todo en el orden civil los llamados derechos
individuales, los de la Revolución francesa, es que el liberal, el neto
liberal, se opone por ello al Estado? ¿Es que vamos a volver a la tesis spenceriana
del individuo contra el Estado? Creo más bien lo contrario, y más si por Estado
entendemos el Poder más amplio, el más extenso, el más universal. Tratándose de
individuos españoles, el Estado español, el Poder público de la nación
española. Y digo que el individuo busca la garantía de sus derechos
individuales en el Estado más extenso posible, a las veces, en Poderes
internacionales. Lo que sabia muy bien Pi y Margall, que era un proudhoniano.
Por
individualismo español, por liberalismo español, es por lo que vengo predicando
contra Poderes intermedios, municipales, comarcales, regionales o lo que sean,
que puedan cercenar la universalidad del individuo español, su españolidad
universal. Yo sé que en mi nativa tierra vasca, por ejemplo; y lo mismo en Cataluña,
en Galicia, en Andalucía o en otra región española cualquiera, ha de ser el
Poder público de la nación espafiola -llámesele, si se quiere, Estado español-
el que ha de proteger la libertad del ciudadano español, sea o no nativo de la
región en que habite y esté radicado en ella contra las intrusiones del
espíritu particularista, del «estadillo» a que tiende la región. Como la
experiencia me ha enseñado que los llamados caciques máximos o centrales, los
grandes caciques de Estado, si alguna vez se apoyaban en los caciquillos
locales, comarcales o regionales, muchas veces defendían a los desvalidos, a
los ciudadanos sueltos, contra los atropellos, de estos caciquillos.
Hay
una conocidísima doctrina lógica que enseña que la comprensión de un concepto
está en razón inversa de su extensión, que cuantas más notas la definen se
aplica a menos individuos, y así escarabajo
-coleóptero-insecto-articulado-animal-viviente-ente es serie que va creciendo
en extensión y menguando en comprensión. Y así yo, mi propia individualidad,
soy lo más comprensivo y lo menos extensivo, y el concepto de ente o ser lo más
extensivo y lo menos comprensivo. Pero hay Dios, que es algo, como lo que Hegel
llamaba el universal concreto; hay el Universo, que sueño que sea consciente de
sí; hay la totalidad individualizada y penonalizada, y hay, en el orden
político, la Ciudad de Dios.
Es,
pues, por individualismo, es por liberalismo, por lo que cuando se dice
«Vasconia libre» -«Euskadi askatuta» en esperanto eusquérico-, o «Catalunya lliure»,
o «Andalucía libre», me pregunto: «Libre, ¿de qué?; libre, ¿para qué?» ¿Libre
para someter al individuo español que en ella viva y la haga vivir, sea vasco,
catalán o andaluz, o no lo sea, a modos de convivencia que rechace la
integridad de su conciencia? ¡Esto no! Y sé que ese individuo español, indígena
de la región en que viva o advenedizo a ella, tendrá que buscar su garantía en
lo que llamamos el Estado español. Sé que los ingenuos españoles que voten por
plebiscito un Estatuto regional cualquiera tendrán que arrepentirse, los que
tengan individualidad consciente, de su voto cuando la región los oprima, y
tendrán que acudir a España, a la España integral, a la España más unida e
indivisible, para que proteja su individualidad. Sé que en Vasconia, por
ejemplo, se le estorbará y empecerá ser vasco universal a quien sienta la santa
libertad de la universalidad vasca, a quien no quiera ahogar su alma adulta en
pañales de niñez espiritual, a quien no quiera hacer de Edipo.
Miguel
de Unamuno.
(El
Sol, 21 de julio de 1931.)

No hay comentarios:
Publicar un comentario