¡Maldita
sea!
IÑAKI
EZKERRA
Lo
que más me chocó fue la teatral alusión de Rubalcaba a los desahucios:
«¡Maldita sea, por qué no arreglamos aquello!»
DEL
debate sobre el estado de la Nación lo que más me chocó fue la teatral alusión
de Rubalcaba a la cuestión de los desahucios: «¡Maldita sea, por qué no
arreglamos aquello!». Es el comentario de quién todo lo hubiera hecho bien,
pero se quedó con una sola asignatura pendiente. Y es también el desliz verbal
de quien tiene tan ridículamente asumida e interiorizada la «patrimonialización
de los sentimientos» que le reprochó Rajoy, que comete la pornográfica osadía
de asombrarse en público de su descuido. Es la exclamación obscena de quien, en
virtud de no sé qué dogma proclamado por no sé quién, se considera a sí mismo
la encarnación de la sensibilidad social; la máxima autoridad moral en la
denuncia de la injusticia económica; el propietario del copyright de la
solidaridad y el santo, en fin, que no se pudiera perdonar semejante pecadillo:
¿Cómo yo, que soy el que más sufre por los pobres, no solucioné ese problema de
mi especialidad exclusiva?
Hay
frases que dicen más de lo que quisieran decir; que contienen fugas, lapsus,
sobrentendidos reveladores. Rubalcaba podía haber dicho con modestia «¿por qué
no supimos arreglar aquello?», pero ese sobrado «¿por qué no lo arreglamos?»
implica que lo podían haber hecho y no lo hicieron porque no quisieron; porque
estaban en otras cosas. La respuesta se la puede dar cualquiera que mire las
hemerotecas. Los desahucios comenzaron en 2007. Hablamos de cuando los
socialistas tenían cinco años de poder por delante y de cuando Pepiño triunfaba
como portavoz al grito de «¡ya les gustaría a Alemania y a Francia tener
nuestra economía!». Hablamos de la época en que el zapaterismo flotaba en su
nube de tómbolas y memorias históricas. Aún era un proyecto el Ministerio de
Igualdad. ¿Por qué no arreglaron aquello ni entonces ni después? Porque estaban
más preocupados por la eutanasia, las fosas de la Guerra Civil y el aborto, o
sea por los muertos, por los que se iban a morir y por los que no habían nacido
ni tendrían oportunidad de nacer; porque el zapaterismo no fue nunca un
proyecto para los vivos sino pura necrofilia y porque la solución para los
españoles que se quedaban sin casa no fue nunca su prioridad ni la de
Rubalcaba. El lamento de éste anteayer pretendía ser un arrebato de sinceridad
y lo fue de cinismo. Se preguntaba en voz alta por qué no lo arregló como si
hubiera sido una cosa fácil que ahora le pide explicaciones incómodas. Como
quien se pregunta por qué se dejó en casa el móvil o las llaves.
¡Maldita
sea! Es el lamento de todos los que han perdido el poder. Hoy es el de
Rubalcaba y mañana será el de Rajoy si no logra traer la transparencia a este
país ni dar el tajo que necesita la Administración central y autonómica ni
acabar con esas tediosas y cansinas fracciones internas de su partido que son
más temibles que el PSOE. La ventaja estará en que ese «maldita sea» se lo dirá
a sí mismo en privado. La derecha, con sus pecados y sus confesiones, siempre
es más pudorosa.
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